| Alberto Ares director del Instituto Universitario de Estudios sobre Migraciones y adjunto a la coordinación del Servicio Jesuita a Migrantes en España

Ojalá que al final ya no estén «los otros», sino solo un «nosotros». Ojalá que tanto dolor no sea inútil, que demos un salto hacia una forma nueva de vida y descubramos definitivamente que nos necesitamos y nos debemos los unos a los otros, para que la humanidad renazca con todos los rostros, todas las manos y todas las voces, más allá de las fronteras que hemos creado.

El Papa Francisco nos presenta su nueva encíclica Fratelli Tutti, sobre la fraternidad universal, “una fraternidad abierta, que permite reconocer, valorar y amar a cada persona más allá de la cercanía física, más allá del lugar del universo donde haya nacido o donde habite.” Una fraternidad que “reconociendo la dignidad de cada persona humana, pueda hacer renacer entre todos un deseo mundial de hermandad”.

El buen samaritano vive la fraternidad universal cuando se acerca al excluido, cuando no pasa de largo y nos muestra que «la existencia de cada uno de nosotros está ligada a la de los demás: la vida no es tiempo que pasa, sino tiempo de encuentro».

La auténtica amistad social se construye desde el diálogo y el respeto por las diversas identidades, promoviendo una auténtica cultura del encuentro. Se hace necesario recuperar la pasión compartida por una “comunidad de pertenencia y de solidaridad”. No es ni la esfera global que anula ni el narcisismo localista que esteriliza, es el poliedro, donde al mismo tiempo que cada uno es respetado en su valor, el todo es más que la parte.

El esfuerzo por construir una sociedad más justa implica una capacidad de fraternidad, un espíritu de comunión humana y el desarrollo de una comunidad mundial, capaz de realizar la fraternidad a partir de pueblos y naciones que vivan el diálogo y la amistad social. Para llevar a cabo este empeño hace falta salir de circulo vicioso del individualismo y de un modelo económico excluyente, que arrincona a los más débiles, que nos deja a la merced del “sálvese quien pueda” y que nos hace perder la esperanza. La sana política puesta al servicio del verdadero bien común, de sociedades inclusivas, no de fanatismos o de miedos que construyen fronteras, y el camino por una gobernanza mundial renovada se presentan como elementos centrales.  

Se necesitan “artesanos de paz dispuestos a generar procesos de sanación y reencuentro con ingenio y audacia”, que recreen sociedades más sanas y un mundo más digno, sin hambre, sin pobreza, sin violencia, sin guerras, aboliendo la pena de muerte.

¿Qué elementos de esta encíclica nos presentan la realidad de las migraciones? ¿En qué medida la fraternidad universal y la amistad social nos acerca a los rostros de las personas y comunidades que se ven obligadas a abandonar sus hogares o que buscan un sueño de paz y esperanza para los suyos?

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SOMOS UNA FAMILIA

El Papa nos recuerda que somos una sola familia, donde la dignidad humana es el valor fundamental. Todos somos hermanos y hermanas. En este contexto, “las migraciones constituirán un elemento determinante del futuro del mundo”.  Sin embargo, hoy se vive en algunos lugares como en Europa una “pérdida de ese sentido de la responsabilidad fraterna”, incluso “desde algunos regímenes políticos populistas como desde planteamientos económicos liberales, se sostiene que hay que evitar a toda costa la llegada de personas migrantes”. Se difunde así una mentalidad xenófoba, de gente cerrada y replegada sobre sí misma.

Las personas migrantes no son considerados suficientemente dignos para participar en la vida social como cualquier otro, y se olvida que tienen la misma dignidad intrínseca de cualquier persona. Por lo tanto, deben ser protagonistas de su propio rescate. “Nunca se dirá que no son humanos, pero, en la práctica, con las decisiones y el modo de tratarlos, se expresa que se los considera menos valiosos, menos importantes, menos humanos. Es inaceptable que los cristianos compartan esta mentalidad y estas actitudes, haciendo prevalecer a veces ciertas preferencias políticas por encima de hondas convicciones de la propia fe: la inalienable dignidad de cada persona humana más allá de su origen, color o religión, y la ley suprema del amor fraterno.”

FRONTERAS Y MIEDOS

Las fronteras son espacios de encuentro y separación, de limitación y de fecundidad mutua. Hay fronteras físicas, pero muchas veces construimos fronteras existenciales, culturales, sociales, políticas.

Como el samaritano, estamos llamados a cuidarnos los unos a los otros, sin mirar para otro lado, sin crear barreras que nos separan. “Cuando el corazón asume esa actitud, es capaz de identificarse con el otro sin importarle dónde ha nacido o de dónde viene. Al entrar en esta dinámica, en definitiva, experimenta que los demás son su propia carne”.

Creíamos que la globalización y la interconectividad iba a ayudar a conocernos mejor y a eliminar prejuicios, pero “hay miedos ancestrales que no han sido superados por el desarrollo tecnológico”. De hecho, “reaparece la tentación de hacer una cultura de muros, de levantar muros, muros en el corazón, muros en la tierra para evitar este encuentro con otras culturas, con otras personas. Y cualquiera que levante un muro, quien construya un muro, terminará siendo un esclavo dentro de los muros que ha construido, sin horizontes. Porque le falta esta alteridad.”

Estamos llamados a impregnar en “nuestra capacidad de amar una dimensión universal capaz de traspasar todos los prejuicios, todas las barreras históricas o culturales, todos los intereses mezquinos”. La amistad social entre ciudades o pueblos se sustenta en ese “amor que se extiende más allá de las fronteras.”

DERECHOS SIN FRONTERAS

Si la familia humana tiene la misma dignidad y derechos, entonces nadie puede quedar excluido al otro lado de un muro o frontera, “no importa dónde haya nacido, y menos a causa de los privilegios que otros poseen porque nacieron en lugares con mayores posibilidades. Los límites y las fronteras de los Estados no pueden impedir que esto se cumpla.”

Asimismo, “es inaceptable que alguien tenga menos derechos por ser mujer, es igualmente inaceptable que el lugar de nacimiento o de residencia ya de por sí determine menores posibilidades de vida digna y de desarrollo”.

Defendamos la dignidad de cualquier persona humana y fomentemos la riqueza de la diversidad porque “quien mira a su pueblo con desprecio, establece en su propia sociedad categorías de primera o de segunda clase, de personas con más o menos dignidad y derechos. De esta manera niega que haya lugar para todos”.

UN MUNDO ABIERTO

Cuando amamos de verdad, el propio amor “reclama una creciente apertura, mayor capacidad de acoger a otros, en una aventura nunca acabada que integra todas las periferias hacia un pleno sentido de pertenencia mutua”.

En ocasiones no es necesario caminar mucho para abrir la mirada y cultivar la apertura y la inclusión. “Hay periferias que están cerca de nosotros, en el centro de una ciudad, o en la propia familia. También hay un aspecto de la apertura universal del amor que no es geográfico sino existencial. Es la capacidad cotidiana de ampliar mi círculo, de llegar a aquellos que espontáneamente no siento parte de mi mundo de intereses, aunque estén cerca de mí.”

Dentro de nuestras sociedades también hay “forasteros existenciales”. Son aquella “hermana y hermano que sufre, abandonado o ignorado por mi sociedad…, aunque haya nacido en el mismo país. Puede ser un ciudadano con todos los papeles, pero lo hacen sentir como un extranjero en su propia tierra. El racismo es un virus que muta fácilmente y en lugar de desaparecer se disimula, pero está siempre al acecho”. Estamos llamados y llamadas a abrir nuestra mente y nuestro corazón, para dejar de mirar solo nuestro ombligo.

Esta apertura, esta necesidad de ir más allá de los propios límites “vale también para las distintas regiones y países”. De hecho, “el número cada vez mayor de interdependencias y de comunicaciones que se entrecruzan en nuestro planeta hace más palpable la conciencia de que todas las naciones de la tierra comparten un destino común. En los dinamismos de la historia, a pesar de la diversidad de etnias, sociedades y culturas, vemos sembrada la vocación de formar una comunidad compuesta de hermanos que se acogen recíprocamente y se preocupan los unos de los otros”.

LA HOSPITALIDAD QUE BROTA DEL AMOR

El amor que es auténtico ayuda a crecer y nos invita a “salir de nosotros mismos hasta acoger a todos”.  Desde antiguo se acuñó “el sagrado deber de la hospitalidad”. “La hospitalidad es un modo concreto de no privarse de este desafío y de este don que es el encuentro con la humanidad más allá del propio grupo. Aquellas personas percibían que todos los valores que podían cultivar debían estar acompañados por esta capacidad de trascenderse en una apertura a los otros.”

Mediante la hospitalidad se acoge a aquellas personas que se han visto obligadas a huir de sus hogares. De ahí la importancia de “crear en los países de origen la posibilidad efectiva de vivir y de crecer con dignidad, de manera que se puedan encontrar allí mismo las condiciones para el propio desarrollo integral.”

Mientras “no haya serios avances en esta línea, nos corresponde respetar el derecho de todo ser humano de encontrar un lugar donde pueda no solamente satisfacer sus necesidades básicas y las de su familia, sino también realizarse integralmente como persona. Nuestros esfuerzos ante las personas migrantes que llegan pueden resumirse en cuatro verbos: acoger, proteger, promover e integrar.”

Esto implica implementar respuestas indispensables y alguna inmediatas, sobre todo frente a los que escapan de graves crisis humanitarias: “incrementar y simplificar la concesión de visados, adoptar programas de patrocinio privado y comunitario, abrir corredores humanitarios para los refugiados más vulnerables, ofrecer un alojamiento adecuado y decoroso, garantizar la seguridad personal y el acceso a los servicios básicos, asegurar una adecuada asistencia consular, el derecho a tener siempre consigo los documentos personales de identidad, un acceso equitativo a la justicia, la posibilidad de abrir cuentas bancarias y la garantía de lo básico para la subsistencia vital, darles libertad de movimiento y la posibilidad de trabajar, proteger a los menores de edad y asegurarles el acceso regular a la educación, prever programas de custodia temporal o de acogida, garantizar la libertad religiosa, promover su inserción social, favorecer la reagrupación familiar y preparar a las comunidades locales para los procesos integrativos.”

En resumen, cada una de estas respuestas dejan claro que la hospitalidad es una expresión privilegiada de un amor que no se cierra a uno mismo o a su propio pueblo, sino que se abre a la humanidad, que se encarna en el peregrino, en el que viene de fuera y en el migrante que se encuentra en el camino.

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POLÍTICAS INCLUSIVAS Y CIUDADANIA

Uno de los ejes nucleares de la Encíclica tiene que ver con la dimensión política que emana de la fraternidad universal. En esta, la caridad, “corazón del espíritu de la política, es siempre un amor preferencial por los últimos, que está detrás de todas las acciones que se realicen a su favor. Solo con una mirada cuyo horizonte esté transformado por la caridad, que le lleva a percibir la dignidad del otro, los pobres son descubiertos y valorados en su inmensa dignidad, respetados en su estilo propio y en su cultura, y por lo tanto verdaderamente integrados en la sociedad. Esta mirada es el núcleo del verdadero espíritu de la política”.

La fraternidad tiene unas dimensiones políticas que no podemos obviar. Algunas personas “nacen en familias de buena posición económica, reciben buena educación, crecen bien alimentados, o poseen naturalmente capacidades destacadas. Ellos seguramente no necesitarán un Estado activo y solo reclamarán libertad. Pero evidentemente no cabe la misma regla para una persona con discapacidad, para alguien que nació en un hogar extremadamente pobre, para alguien que creció con una educación de baja calidad y con escasas posibilidades de curar adecuadamente sus enfermedades. Si la sociedad se rige primariamente por los criterios de la libertad de mercado y de la eficiencia, no hay lugar para ellos, y la fraternidad será una expresión romántica más”.

No es la caridad o asistencialismo mal entendido, sino un derecho que brota de la misma dignidad de todos los seres humanos. Porque “no se trata de dejar caer desde arriba programas de asistencia social sino de recorrer juntos un camino, para construir ciudades y países que, al tiempo que conservan sus respectivas identidades culturales y religiosas, estén abiertos a las diferencias y sepan cómo valorarlas en nombre de la fraternidad humana”.

Un eje importante de las políticas inclusivas tiene que ver con los ejes de integración y de acceso a la ciudadanía. “Para quienes ya hace tiempo que han llegado y participan del tejido social, es importante aplicar el concepto de «ciudadanía», que se basa en la igualdad de derechos y deberes bajo cuya protección todos disfrutan de la justicia. Por esta razón, es necesario comprometernos para establecer en nuestra sociedad el concepto de plena ciudadanía y renunciar al uso discriminatorio de la palabra minorías, que trae consigo las semillas de sentirse aislado e inferior; prepara el terreno para la hostilidad y la discordia y quita los logros y los derechos religiosos y civiles de algunos ciudadanos al discriminarlos”.

Asimismo, más allá de las políticas migratorias locales y regionales, es necesario un escenario donde se haga realidad una gobernanza global para las migraciones. “Los Estados no pueden desarrollar por su cuenta soluciones adecuadas ya que las consecuencias de las opciones de cada uno repercuten inevitablemente sobre toda la Comunidad internacional. Por lo tanto, las respuestas solo vendrán como fruto de un trabajo común, gestando una legislación (governance) global para las migraciones.”

En el fondo se necesita una mirada integral que, de cuenta de todo el proceso migratorio, con “planes a medio y largo plazo que no se queden en la simple respuesta a una emergencia. Deben servir, por una parte, para ayudar realmente a la integración de los emigrantes en los países de acogida y, al mismo tiempo, favorecer el desarrollo de los países de proveniencia, con políticas solidarias, que no sometan las ayudas a estrategias y prácticas ideológicas ajenas o contrarias a las culturas de los pueblos a las que van dirigidas.”

Lamentablemente hoy en día han surgido en la política movimientos que excluyen a los más débiles. Francisco nos invita a huir del populismo y del liberalismo. “El desprecio de los débiles puede esconderse en formas populistas, que los utilizan demagógicamente para sus fines, o en formas liberales al servicio de los intereses económicos de los poderosos. En ambos casos se advierte la dificultad para pensar un mundo abierto que tenga lugar para todos, que incorpore a los más débiles y que respete las diversas culturas”.

La Papa Francisco comprende “que ante las personas migrantes algunos tengan dudas y sientan temores. Lo entiendo como parte del instinto natural de autodefensa. Pero también es verdad que una persona y un pueblo solo son fecundos si saben integrar creativamente en su interior la apertura a los otros. Invito a ir más allá de esas reacciones primarias, porque el problema es cuando esas dudas y esos miedos condicionan nuestra forma de pensar y de actuar hasta el punto de convertirnos en seres intolerantes, cerrados y quizás, sin darnos cuenta, incluso racistas. El miedo nos priva así del deseo y de la capacidad de encuentro con el otro”.

IDENTIDAD, COMUNIDAD Y LAS DIMENSIONES LOCAL Y UNIVERSAL

En diversas ocasiones la gestación de la identidad se convierte en un arma arrojadiza cuando nos referimos a la realidad migratoria. Cuando hablamos de identidad en nuestro mundo, es doloroso percibir como “algunos países exitosos desde el punto de vista económico son presentados como modelos culturales para los países poco desarrollados, en lugar de procurar que cada uno crezca con su estilo propio, para que desarrolle sus capacidades de innovar desde los valores de su cultura. Esta nostalgia superficial y triste, que lleva a copiar y comprar en lugar de crear, da espacio a una autoestima nacional muy baja. En los sectores acomodados de muchos países pobres, y a veces en quienes han logrado salir de la pobreza, se advierte la incapacidad de aceptar características y procesos propios, cayendo en un menosprecio de la propia identidad cultural como si fuera la única causa de los males”.

Desvincular a alguien de sus raíces y destrozar su autoestima “es una manera fácil de dominarlo”. No existe peor alienación que experimentar que una persona no tiene raíces, que no se pertenece a nadie. “Una tierra será fecunda, un pueblo dará fruto, y podrá engendrar el día de mañana solo en la medida que genere relaciones de pertenencia entre sus miembros, que cree lazos de integración entre las generaciones y las distintas comunidades que la conforman; y también en la medida que rompa los círculos que aturden los sentidos alejándonos cada vez más los unos de los otros.”

La genuina amistad social se cimenta desde el diálogo y el respeto por las diversas identidades, promoviendo una auténtica cultura del encuentro. Es en este contexto donde se hace indispensable recrear “comunidades de pertenencia y de solidaridad”.

En estas recreaciones de generación de identidad y crecimiento en la amistad social, no debemos de perder de vista la dialéctica entre lo local y lo global. “Hace falta prestar atención a lo global para no caer en una mezquindad cotidiana. Al mismo tiempo, no conviene perder de vista lo local, que nos hace caminar con los pies sobre la tierra. Las dos cosas unidas impiden caer en alguno de estos dos extremos: uno, que los ciudadanos vivan en un universalismo abstracto y globalizante […]; otro, que se conviertan en un museo folklórico de ermitaños localistas, condenados a repetir siempre lo mismo, incapaces de dejarse interpelar por el diferente y de valorar la belleza que Dios derrama fuera de sus límites”.

La dialéctica entre lo local y lo global es fructífera y sería un error intentar anular una de ellas. “Hay que mirar lo global, que nos rescata de la mezquindad casera. Cuando la casa ya no es hogar, sino que es encierro, calabozo, lo global nos va rescatando porque es como la causa final que nos atrae hacia la plenitud. Simultáneamente, hay que asumir con cordialidad lo local, porque tiene algo que lo global no posee: ser levadura, enriquecer, poner en marcha mecanismos de subsidiaridad. Por lo tanto, la fraternidad universal y la amistad social dentro de cada sociedad son dos polos inseparables y coesenciales. Separarlos lleva a una deformación y a una polarización dañina”.

Seremos capaces de crecer juntos cuando “la conciencia del límite o de la parcialidad, lejos de ser una amenaza, se vuelve la clave desde la que soñar y elaborar un proyecto común. Porque el hombre es el ser fronterizo que no tiene ninguna frontera.” “No es ni la esfera global que anula ni el narcisismo localista que esteriliza, es el poliedro, donde al mismo tiempo que cada uno es respetado en su valor, el todo es más que la parte”

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DIVERSIDAD, AMISTAD SOCIAL Y EL ENCUENTRO CON LOS ÚLTIMOS

La diversidad es una oportunidad para crecer como humanidad. En nuestras sociedades, “un pacto social realista e inclusivo debe ser también un pacto cultural, que respete y asuma las diversas cosmovisiones, culturas o estilos de vida que coexisten en la sociedad.” Ese pacto cultural supone “renunciar a entender la identidad de un lugar de manera monolítica, y exige respetar la diversidad ofreciéndole caminos de promoción y de integración social”.

La amistad social constituye un humus para que estos pactos se hagan realidad. La amistad social nos ayuda a ir “más allá de las fronteras” y “es una condición de posibilidad de una verdadera apertura universal”.

Un elemento esencial de la amistad social es que esta no implica solamente el acercamiento entre grupos sociales alejados, sino “la búsqueda de un reencuentro con los sectores más empobrecidos y vulnerables,” que en muchos casos son las comunidades migrantes más frágiles.

Recibimos la invitación a “reconocer a cada ser humano como un hermano o una hermana y buscar una amistad social que integre a todos no son meras utopías. Exigen la decisión y la capacidad para encontrar los caminos eficaces que las hagan realmente posibles.”

La amistad social alimenta la paz social, una paz que no puede “olvidar que la inequidad y la falta de un desarrollo humano integral no permiten generar paz”. Cuando abandonamos dentro de la sociedad —local, nacional o mundial— a distintos colectivos en la periferia, como ocurre con frecuencia con las comunidades migrantes, estamos generando el caldo de cultivo de conflictos, que minan la amistad social. Francisco acentúa que cuando se dan estas circunstancias, “no habrá programas políticos ni recursos policiales o de inteligencia que puedan asegurar indefinidamente la tranquilidad. Si hay que volver a empezar, siempre será desde los últimos”.

DIÁLOGO INTERRELIGIOSO Y PAZ SOCIAL

“Pido a Dios que prepare nuestros corazones al encuentro con los hermanos más allá de las diferencias de ideas, lengua, cultura, religión; que unja todo nuestro ser con el aceite de la misericordia que cura las heridas de los errores, de las incomprensiones, de las controversias; la gracia de enviarnos, con humildad y mansedumbre, a los caminos, arriesgados pero fecundos, de la búsqueda de la paz.”

“En toda guerra lo que aparece en ruinas es el mismo proyecto de fraternidad, inscrito en la vocación de la familia humana.” Muchas de estas guerras además de generar muerte y destrucción, provocan éxodos masivos de personas, refugiados obligados a abandonan sus hogares para en muchos casos no volver jamás. 

La búsqueda de la paz social no nos hace huir de los conflictos, ni implica tampoco homogeneizar la sociedad, pero sí nos permite trabajar juntos. “Puede unir a muchos en pos de búsquedas comunes donde todos ganan. Frente a un determinado objetivo común, se podrán aportar diferentes propuestas técnicas, distintas experiencias, y trabajar por el bien común. Es necesario tratar de identificar bien los problemas que atraviesa una sociedad para aceptar que existen diferentes maneras de mirar las dificultades y de resolverlas”.

El camino hacia una mejor convivencia, necesita de relaciones de horizontalidad, para poder sentarnos todos en la misma mesa, también las comunidades migrantes e “implica siempre reconocer la posibilidad de que el otro aporte una perspectiva legítima, al menos en parte, algo que pueda ser rescatado, aun cuando se haya equivocado o haya actuado mal. Porque nunca se debe encasillar al otro por lo que pudo decir o hacer, sino que debe ser considerado por la promesa que lleva dentro de él, promesa que deja siempre un resquicio de esperanza”.

En distintos rincones del mundo, los conflictos producidos entre grupos que se escudan en la confrontación religiosa, están causando mucho dolor, y fuertes desplazamientos de personas. Es en este ámbito en el cual “las distintas religiones, a partir de la valoración de cada persona humana como criatura llamada a ser hijo o hija de Dios, ofrecen un aporte valioso para la construcción de la fraternidad y para la defensa de la justicia en la sociedad.”

Reconocemos con confianza que “entre las religiones es posible un camino de paz. El punto de partida debe ser la mirada de Dios. Porque Dios no mira con los ojos, Dios mira con el corazón. Y el amor de Dios es el mismo para cada persona sea de la religión que sea. Y si es ateo es el mismo amor.”

Por tanto, el diálogo interreligioso “no se hace meramente por diplomacia, amabilidad o tolerancia”, sino que tiene como objetivo “establecer amistad, paz, armonía y compartir valores y experiencias morales y espirituales en un espíritu de verdad y amor.”

En este contexto, “la Iglesia valora la acción de Dios en las demás religiones, y no rechaza nada de lo que en estas religiones hay de santo y verdadero. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas que no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres.” Nuestras iglesias locales reciben una especial invitación a generar espacios de diálogo con comunidades migrantes de distintos credos, junto al respeto y al entendimiento mutuo.

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ESPIRITUALIDAD, TEOLOGÍA Y ACCIÓN PASTORAL

Francisco nos recuerda como la Biblia nos interpela sobre la realidad de los migrantes. “El mismo Jesús dice: «Fui forastero y me recibieron» (Mt 25,35). Jesús podía decir esas palabras porque tenía un corazón abierto que hacía suyos los dramas de los demás… Cuando el corazón asume esa actitud, es capaz de identificarse con el otro sin importarle dónde ha nacido o de dónde viene. Al entrar en esta dinámica, en definitiva, experimenta que los demás son «su propia carne» (Is 58,7)”.

Para la familia de los hijos e hijas de Dios, las palabras de Jesús tienen también otra dimensión trascendente, “implican reconocer al mismo Cristo en cada hermano abandonado o excluido (cf. Mt 25,40.45)”. Francisco nos dice que “quien cree puede llegar a reconocer que Dios ama a cada ser humano con un amor infinito y que con ello le confiere una dignidad infinita. A esto se agrega que creemos que Cristo derramó su sangre por todos y cada uno, por lo cual nadie queda fuera de su amor universal. Y si vamos a la fuente última, que es la vida íntima de Dios, nos encontramos con una comunidad de tres Personas, origen y modelo perfecto de toda vida en común. La teología continúa enriqueciéndose gracias a la reflexión sobre esta gran verdad”.

Viendo esta realidad, a veces cuesta contemplar la lentitud y la poca contundencia en la condena de la Iglesia hacia diferentes formas de esclavitud y violencia. “Hoy, con el desarrollo de la espiritualidad y de la teología, no tenemos excusas. Sin embargo, todavía hay quienes parecen sentirse alentados o al menos autorizados por su fe para sostener diversas formas de nacionalismos cerrados y violentos, actitudes xenófobas, desprecios e incluso maltratos hacia los que son diferentes. La fe, con el humanismo que encierra, debe mantener vivo un sentido crítico frente a estas tendencias, y ayudar a reaccionar rápidamente cuando comienzan a insinuarse”.

Como nos indica el Papa Francisco, la espiritualidad y la Teología de las Migraciones se reconocen como disciplinas que nos ayudan a encontrar el rostro de Dios en las vidas y corazones de nuestros hermanos y hermanas migrantes.

Francisco, tampoco se olvida de la acción pastoral: “Para ello es importante que la catequesis y la predicación incluyan de modo más directo y claro el sentido social de la existencia, la dimensión fraterna de la espiritualidad, la convicción sobre la inalienable dignidad de cada persona y las motivaciones para amar y acoger a todos”.

Que nuestro corazón se abra a todos los pueblos y naciones de la tierra, para reconocer el bien y la belleza que sembraste en cada uno, para estrechar lazos de unidad, de proyectos comunes, de esperanzas compartidas

Graduado en Psicología. También ha cursado varios posgrados, entre los que destacan el de Gestión de Recursos Humanos y el de Mindfulness por la Universidad de Málaga. Experto universitario en Coaching.

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