Abderramán III, el primer califa español

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Abderramán III, el primer califa español

En enero del año 929, en pleno rigor del invierno, un gran número de mensajeros fueron despachados desde Córdoba en dirección a todos los confines de al-Andalus.Todos portaban una misma carta, destinada a los gobernadores de provincia, cuyo contenido debió de causar una sorpresa mayúscula: en un estilo solemne, el soberano omeya de Córdoba, Abderramán III, agradecía los dones que Dios le había otorgado, los consideraba digna recompensa por sus esfuerzos en defensa de la fe y anunciaba que, por todo ello, había decidido adoptar el título de califa, dignidad que habían ostentado sus lejanos ancestros, los califas de Damasco, pero que los omeyas de al-Andalus nunca habían reclamado, prefiriendo el mucho más modesto de emires. Aunque ahora, las cosas habían cambiado: «Todo el que usa el título de Comendador de los Creyentes (amir al-muminin), fuera de nosotros, se lo apropia indebidamente, es un intruso en él y se arroga una denominación que no merece».

Al proclamarse califa, Abderramán III estaba reclamando, como representante de Dios en la tierra, la dirección espiritual de todos los musulmanes del orbe. Lo hacía en competencia con los califas abbasíes de Bagdad, responsables de la desaparición de los omeyas de Damasco a mediados del siglo VIII y enemigos declarados de sus descendientes andalusíes. Sin embargo, nadie se llamaba a engaño. Los verdaderos enemigos de Abderramán III no eran estos antiguos y lejanos rivales, cuyo poder hacía aguas por todas partes, sino unos recién llegados que acababan de ocupar los territorios del actual Túnez en medio de grandes celebraciones y proclamas que anunciaban el advenimiento de una nueva era.

Abderramán reclamó el título ostentado por sus antepasados omeyas de Damasco, derrocados por los abasíes en el sigo VIII

Estos soberanos se hacían llamar fatimíes y reclamaban el califato en razón de una formidable genealogía que les hacía descender de Ali ibn Abi Talib, primo y yerno del profeta Mahoma, con cuya hija Fátima se había casado. Todos quienes creían que el fuerte carisma y la autoridad religiosa del Profeta se habían transmitido a la descendencia de su yerno Alí sólo podían sentirse impresionados por la llegada al poder de estos fatimíes: por primera vez el bando (shía) de Alí estaba en condiciones de guiar a la comunidad musulmana.

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Al adoptar el título califal y el apodo de al-Nasir, «el Victorioso», Abderramán III mostraba su disposición a aceptar el reto planteado por los fatimíes. Ostentar el califato no era para él una cuestión de genealogía, sino de merecimiento; no entrañaba lanzar mensajes demagógicos, sino demostrar con hechos la confianza que Dios había depositado en los omeyas. De este modo, Abderramán III, dos años después de proclamarse califa, decidió atacar a los fatimíes, ordenando que sus tropas cruzaran el Estrecho y ocuparan Ceuta. Iniciaba, de este modo, una larga secuencia de enfrentamientos con los califas fatimíes en el Magreb durante las décadas siguientes.

Con todo, no era sólo el nuevo panorama del mundo mediterráneo lo que impulsaba a Abderramán al-Nasir a tomar el título califal. También la propia evolución de la sociedad andalusí respaldaba su inédita decisión. Transcurridos dos siglos desde la conquista de 711, al-Andalus era ya un territorio con mayoría de población musulmana, una sociedad de «creyentes» sobre la que un califa ejercía su autoridad espiritual y terrenal. Esta conversión paulatina, pero masiva, de la población indígena parece haberse iniciado en fechas muy tempranas. Puede atestiguarse a través de indicios como las sucesivas ampliaciones de la mezquita de Córdoba, que llevaron casi a duplicar su superficie original en el siglo IX, o el gran número de mezquitas surgidas no sólo en la capital –algún autor habla aquí de más de un millar y medio–, sino también en ciudades como Sevilla, Toledo o Zaragoza, o en enclaves tan diversos como Tudela (Navarra), Almonaster (Huelva) o Tortosa (Tarragona).

En el siglo X, al-Andalus era un territorio con mayoría de población musulmana, sobre la que el califa ejercía su autoridad espiritual y terrenal

Esta proliferación de lugares de culto iba unida a un aumento de hombres de religión –los llamados ulemas–, gentes versadas en el derecho, la exégesis o la teología musulmanas, y que durante los siglos IX y X aparecieron por todas las latitudes de al-Andalus, señal inequívoca de un conocimiento cada vez mayor tanto del texto coránico como de la tradición profética musulmana entre amplias capas de la población.

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La peripecia personal del nuevo califa ratificaba el sentimiento de triunfo y plenitud que se vivía en al-Andalus a comienzos del siglo X. En ese año de 929, Abderramán tenía cuarenta años, de los cuales había pasado batallando los 17 que ya llevaba en el poder. En todos esos combates la suerte siempre le había sonreído. De su abuelo y antecesor, el emir Abd Allah, había recibido una difícil herencia de rebeliones y rechazos frente a la autoridad omeya. El gran logro de Abderramán III había consistido en sofocar todas y cada una de esas sublevaciones en agotadoras campañas, muchas conducidas por él mismo. Écija, Carmona, Sevilla, Niebla, Mérida y un largo etcétera de fortalezas y castillos se habían rendido a las tropas omeyas, entregando a los cabecillas que allí se habían hecho fuertes y permitiendo la entrada de gobernadores nombrados desde Córdoba. «Hijo de califas y de bravos soberanos –recitaba un gozoso poeta cortesano– a ti entregan los súbditos las riendas«.

El conquistador implacable

La conquista que más satisfacción había producido a Abderramán III había sido, sin embargo, la de Bobastro, una fortaleza situada en los montes de Málaga y todavía visible en el impresionante emplazamiento de las Mesas de Villaverde (término municipal de Ardales, Málaga). Desde allí, un descendiente de indígenas convertidos al Islam, llamado Umar ibn Hafsún, había conducido una formidable rebelión que a punto estuvo de acabar con la dinastía omeya. Umar falleció en el año 918 sin haber sido sometido y dejando sus amplios dominios en herencia a sus hijos, que continuaron desafiando a la autoridad central. Fueron necesarias largas y trabajosas campañas para conseguir que a comienzos de 928 Bobastro capitulara. Llegada la primavera, Abderramán se dirigió a inspeccionar en persona la ciudad recién conquistada. Observó su emplazamiento y sus defensas detenidamente, recorrió sus edificios y, finalmente, requirió ser conducido al lugar donde se encontraba la tumba de quien había sido el azote de sus antecesores.

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Una vez allí ordenó que se desenterrara su cadáver.Todos los presentes pudieron comprobar entonces lo que siempre se había sospechado: a pesar de haber nacido musulmán, Umar ibn Hafsún se había convertido al cristianismo en el curso de su rebelión. Su apostasía quedaba delatada por el hecho de que se hubiera enterrado sobre la espalda y con los brazos cruzados en el pecho en lugar de hacerlo siguiendo el rito musulmán, que exige que el cadáver se deposite sobre el costado derecho y orientado hacia La Meca. Para culminar su venganza, Abderramán III mandó transportar los restos a Córdoba, donde ordenó izarlos sobre una cruz en la orilla del río, junto al alcázar. Completó la escenografía disponiendo los cadáveres de dos hijos de Umar a uno y otro lado de los despojos de su padre. Durante casi 15 años, las tres cruces quedaron allí bien visibles, junto al Guadalquivir, y sólo desaparecieron cuando una riada arrastró los viejos maderos y los restos que de ellos todavía colgaban.

La conquista de Bobastro no detuvo al califa de al-Andalus. Cuatro años después, en 932, Toledo se rendía a las tropas cordobesas, poniendo, de este modo, punto final a una larga serie de rebeliones que los habitantes de esta ciudad habían protagonizado durante décadas. Con todo, quedaban aún reductos rebeldes, tanto en el Levante como, sobre todo, en el valle del Ebro, donde una serie de familias aristocráticas, en especial los Tuyibíes, rehusaban acoger a gobernadores omeyas, enviar sus tributos al califa o renunciar a pactar con los reinos y condados cristianos del norte cuando y como mejor les conviniera. Reducir a los Tuyibíes volvió a ser una tarea agotadora, repleta de campañas, emboscadas y asedios que sólo culminaron en el año 937, cuando Zaragoza abrió sus puertas merced a un tratado de capitulación que, si bien aseguraba el reconocimiento de la autoridad omeya en esta ciudad, no implicaba ni mucho menos el desalojo de los Tuyibíes de sus territorios. El todopoderoso califa se había visto obligado a negociar y aunque un poeta le motejara de «conquistador de la tierra de una a otra punta», lo cierto es que los límites de su poderío se habían puesto en evidencia por primera, pero no por última vez.

El enemigo cristiano

Cuando Abderramán III llegó al poder, no sólo tuvo que hacer frente a una devastadora crisis interna en al-Andalus, sino también al hecho de que el mapa político de la península Ibérica había cambiado sustancialmente. Durante la segunda mitad del siglo IX, los cristianos habían ocupado ciudades como León o Zamora, y se habían establecido en enclaves de la línea del Duero –Roa, Clunia, San Esteban de Gormaz–, mientras que en el curso alto del Ebro las escaramuzas fronterizas habían propiciado que fortalezas como Calahorra cambiaran con frecuencia de manos. Durante años, las expediciones cordobesas habían dejado de atacar los territorios del norte, y ello permitió la consolidación y expansión de reinos y condados cristianos. Cambiar este estado de cosas se convirtió en una de las principales prioridades del soberano omeya y a este objetivo se dirigieron las cuatro grandes campañas que lideró personalmente.

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La primera de estas campañas tuvo lugar en 920. El califa, al frente de su ejército, recorrió los ya citados enclaves del Duero, se internó en el reino de Pamplona y derrotó a una coalición cristiana en un lugar llamado Muez. El éxito fue resonante: tras ordenar la ejecución de 500 cristianos, un cuantioso botín y más de un millar de caballos tomaron junto a al-Nasir el camino de regreso a Córdoba. En 924, sus tropas saquearon Pamplona y diez años más tarde, tras aceptar la sumisión de la regente navarra Toda, el califa marchó a Castilla, dirigiéndose a Osma, donde derrotó a un ejército dirigido por el conde Fernán González con el apoyo del rey de León.

Ninguna de estas expediciones entrañó conquistas territoriales. Sin duda, todas acarrearon una gran devastación en los lugares por los que pasaban, y el número de cautivos y muertos debió de ser considerable. Pero no parece que Abderramán III consiguiera su objetivo de invertir el equilibrio de fuerzas con los poderes cristianos. En su beneficio podía argüirse que estas tres expediciones se habían realizado cuando todavía existían territorios en al-Andalus que no acataban su autoridad, por lo que ninguna pudo mostrar todo el poderío militar que el califato de Córdoba era capaz de movilizar.

Una amarga derrota

Por ello, la siguiente campaña, la del año 939, fue considerada trascendental, incluso en el nombre que se le dio: «campaña del gran poder». Dos años antes se había sometido Zaragoza y por ello el califa hizo especial hincapié en que le acompañaran los principales caudillos de la frontera en una expedición que, sin duda, estaba destinada a cambiar definitivamente el equilibrio de fuerzas en la Península. La ambiciosa campaña se puso en marcha a comienzos de julio. Su primer objetivo fue el enclave de Simancas (Valladolid), donde el poderoso ejército califal midió sus fuerzas con las del rey Ramiro II de León. El resultado fue incierto, para desesperación de un califa convencido de que comandaba un ejército invencible.

En 939, Abderramán sufrió su peor derrota, el la batalla de Alhándega, donde fue abandonado por parte de sus tropas y casi pierde la vida

Tal vez desconcertado, al-Nasir se dejó persuadir por una propuesta descabellada: conducir sus fuerzas hacia el valle del Riaza (en el límite de las actuales provincias de Segovia y Soria), donde algunas poblaciones fronterizas atacaban los dominios andalusíes. Cuando el ejército se internó por una zona escarpada y con accesos muy difíciles, sufrió una emboscada que provocó un desastre del que el propio califa escapó a duras penas. La derrota de Alhándega –o «del barranco», como pasó a ser conocida– resultó especialmente dura, porque en medio del fragor de la batalla algunos miembros del ejército califal decidieron emprender la huida sin preocuparse de defender al califa ni a los sectores más desprotegidos del ejército. Las pérdidas humanas fueron muy elevadas y a ello se añadió la humillación sufrida por el califa, que perdió su pabellón y objetos personales demostrando ser vulnerable.

Las consecuencias de la derrota no se hicieron esperar. De regreso a Córdoba, el califa ordenó construir junto al alcázar una plataforma con diez cruces. Poco después, con ocasión de un alarde público del ejército y en presencia del califa, un funcionario comenzó a vocear los nombres de diez altos mandos de las tropas que inmediatamente fueron sacados de la formación, despojados de sus armas, izados en las cruces y ejecutados sin más demora bajo la acusación de traición al califa en la jornada de Alhándega. Los reproches mutuos debieron de ser tan agrios, sin embargo, que a alguno de los condenados hubo que cortarle la lengua para impedir que siguiera insultando al califa. Por su parte, el ánimo de éste se volvió cada vez más sombrío. El desastre hizo profunda mella en un hombre que estaba a punto de cumplir los 50 años y que decidió no volver a salir jamás en campaña con su ejército. A partir de ese momento, las hostilidades contra los cristianos fueron cosa de las gentes de la frontera y de las guarniciones omeyas allí destacadas, mientras que el califa se dedicaba a ocuparse de labores diplomáticas que pronto supusieron la llegada de numerosas embajadas a Córdoba.

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Temido, pero no querido

Abderramán continuó en el poder hasta su muerte en octubre de 961. Murió a los 73 años, en su lecho y tras haber conseguido logros impresionantes. Gobernadores omeyas regían en cada provincia y ciudad de importancia, los ingresos del fisco superaban los seis millones y medio de dinares al año, las propiedades del califa rendían más de 700.000 dinares, y la moneda de oro había vuelto a circular en parte merced a la apertura de las rutas africanas que la expansión omeya en el Magreb había permitido. Tras haber dejado de lado las grandes expediciones militares, la diplomacia estratégica había dado excelentes resultados, pues a mediados del siglo X todos los reinos y condados cristianos se habían convertido, de un modo u otro, en satélites del califato de Córdoba. Por lo demás, al-Andalus era un territorio próspero que maravillaba a los viajeros extranjeros por la extensión y fertilidad de sus campos de cultivo y por la expansión de sus ciudades.

Las noticias que hablaban del carácter colérico e irascible del califa eran numerosas

Sin embargo, no parece que Abderramán muriera satisfecho.Tras su fallecimiento hubo quien dijo haber encontrado un escrito de su puño y letra en el que el califa afirmaba que a lo largo de su vida habían sido muy escasos los días de felicidad de los que había disfrutado. Es posible que a esta amargura final contribuyera la ejecución de su propio hijo Abd Allah en 950, acusado de haber conspirado para destronar a su padre y que, al parecer, concitó grandes simpatías como alguien dotado de una personalidad opuesta al carácter brutal de su progenitor.

De hecho, en al-Nasir parece adivinarse una figura temida y respetada, pero escasamente querida.Al contrario de lo que ocurre con algunos de sus antecesores, son relativamente escasas las noticias que hablan de su religiosidad y piedad, a pesar de haber sido un incansable luchador por conseguir la unidad de al-Andalus y el sometimiento de los reinos del norte. Por el contrario, corrían sobre su persona noticias que hablaban de una brutal crueldad con sus esclavas, reflejo de un carácter colérico e irascible, incapaz de soportar un desdén o un rechazo. Es difícil saber qué hay de verdad en todo ello, aunque lo cierto es, sin embargo, que Abderramán III fue capaz de poner en pie la formación política más poderosa que había existido en la península Ibérica desde los tiempos de Roma: el califato omeya de Al-alndalus.

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Para saber más

Conquistadores, emires y califas. Eduardo Manzano. Crítica, Barcelona, 2006.

El mozárabe. Jesús Sánchez Adalid. Ediciones B, Barcelona, 2005.

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