¿Se tragó una «ballena» a Jonás?

Durante tres días y tres noches, el profeta Jonás permaneció confinado en el interior de un «monstruo subacuático» por expreso deseo de Yahvé. Su relato recuerda poderosamente las historias de otros arrebatados, como Enoch o Elías, que fueron llevados por los aires en la «gloria de Yahvé». La duda es: ¿fueron la «ballena» de Jonás y la «gloria de Yahvé» vehículos anfibios y aéreos cuyas descripciones se mitificaron en la Biblia?

«Jonás y la Ballena», por Pieter Lastman, 1621.

«Jonás y la Ballena», por Pieter Lastman, 1621.

Según se deduce del Libro de Jonás, aproximadamente bajo el reinado de Adadnirari III (809-781 a.C.), Yahvé ordena a su profeta que acuda a Nínive, capital de Asiria, a predicar su palabra, «porque el clamor de sus maldades ha subido hasta mi presencia» (Jonás 1, 1-2). Misión que no resultaría nada grata a Jonás —quien profetizara al rey Jeboroam II (783-743 a.C.) que recobraría los límites del reino de Israel—, entre otras cosas porque Nínive es, en ese momento, un importante centro de cruces culturales y los cultos a diferentes deidades están muy arraigados.

La primera reacción de Jonás fue, pues, huir, renegar de su misión; y para ello, se embarca en Jope (Yaffá) con la intención de dirigirse a Tarsis (probablemente la Tartessos ubicada en la actual Andalucía occidental, aunque otros autores la suponen en el extremo oriental del Mar Rojo). Sin embargo, no irá muy lejos: nada más salir a alta mar, se levanta una fuerte tempestad y, de inmediato, los marineros se persuaden de que en la nave se encuentra algún pecador contra el cual Dios está desatando sus iras. Al echar a suertes quién es el portador del infortunio, a fin de tratar de poner remedio a la fatalidad, éstas caen sobre Jonás, que termina siendo arrojado al mar; con lo que, enseguida, renace la calma (1, 1-17).

«Y le dijeron: ¿Qué haremos contigo para que el mar se nos aquiete? Porque el mar se iba embraveciendo más y más. Él les respondió: Tomadme y echadme al mar, y el mar se os aquietará; porque yo sé que por mi causa ha venido esta gran tempestad sobre vosotros». JONÁS 1, 11-12.

«Y le dijeron: ¿Qué haremos contigo para que el mar se nos aquiete? Porque el mar se iba embraveciendo más y más. Él les respondió: Tomadme y echadme al mar, y el mar se os aquietará; porque yo sé que por mi causa ha venido esta gran tempestad sobre vosotros». JONÁS 1, 11-12.

El mismo Libro de Jonás relata cómo, en ese momento, un «enorme pez» se traga a Jonás, que, vivo en el vientre del presunto cetáceo, entona un salmo de acción de gracias. Sólo después de tres días y tres noches confinado en su prisión acuática, Yahvé da órdenes al «pez» para que Jonás sea «vomitado» en una ribera (2, 1-10) y le manda nuevamente ir a predicar a Nínive. En esta ocasión, por supuesto, acata las órdenes «divinas» y predica en las calles de la ciudad, amenazando a sus habitantes con la destrucción total si no se convierten en el plazo de cuarenta días. Por fortuna para ellos —los lectores de la Biblia ya conocen cómo se las gastaba Yahvé— el rey y la población entera obedecen y se evita la catástrofe (3, 1-10).

Tras la conversión de Nínive, Jonás se siente muy afligido e incomodado por su falta de fe y desea que le llegue la muerte cuanto antes, pero Yahvé le reprende simbólicamente secando una yedra bajo la que se había acomodado en busca de sombra. Con ello, Yahvé pretende mostrarle cuánta tristeza habría sentido con la destrucción de los ninivitas (4, 1-2).

El debate histórico

Ahora bien, ¿narra el Libro de Jonás un episodio real o se trata tan sólo de una fábula con la moraleja de la obediencia que se debe a Yahvé? Varios autores modernos niegan la historicidad de la narración y consideran este episodio bíblico como una piadosa leyenda o como una ficción doctrinal con el fin de inculcar la idea universalista de la misericordia divina sobre la salvación de los gentiles. En las notas introductorias del franciscano José Trepat —incluidas en la edición revisada y corregida de la versión de la Vulgata de Félix Torres Amat— se incide en el hecho de que, como indican H. Haag, A. van den Born y S. de Ausejo en su valioso Diccionario de la Biblia, muchos exégetas actuales, incluso católicos, han abandonado la antigua hipótesis que afirma que el mismo profeta Jonás habría escrito el libro que figura con su nombre. La mayoría de los autores asignan al libro una fecha postexílica: hacia el año 400 (Robinson) o entre el 400 y el 200 (Weiser); y lo mismo opinan muchos católicos como Van Hoonacker, Tobac, Dennefeld o Chaine por citar sólo a unos pocos.

En cuanto a qué pudo haber sido el misterioso pez que se tragó a Jonás, hay explicaciones para todos los gustos. Así, el citado José Trepat afirma que «el pez que se tragó a Jonás no era una ballena, que no puede tragar ningún cuerpo de alguna magnitud; sino un tiburón, de boca enorme, y de seis o hasta ocho metros de longitud, que puede tragar fácilmente un hombre y hasta un caballo, y conservarlos enteros en su vientre por algunos días; si bien, no vivos. El milagro en el caso de Jonás estuvo en conservarse vivo en el vientre del tiburón». Pero en nuestra opinión, y aunque es de agradecer la intención de Trepat de explicar el hecho, resulta obvio que, fuera tiburón o ballena, el asunto principal sigue siendo el mismo: ¿cómo pudo Jonás salir vivo del vientre del «enorme pez» sin recurrir al «milagro»?

¿Pudo Jonás en realidad haber sido «abducido» por una especie de vehículo submarino a las órdenes de Yavhé?

¿Pudo Jonás en realidad haber sido «abducido» por una especie de vehículo submarino a las órdenes de Yavhé?

Otros autores, por su parte, intentan explicar el prodigio argumentando que todo obedeció a un sueño o admitiendo que Jonás fue traído a tierra a lomos de un monstruo marino, sobre un gran cetáceo ya muerto que flotaba inerte sobre las aguas o sobre una embarcación llamada Tiburón.

Tampoco faltan los que ven en este relato una «historia libre»; esto es, una forma imaginaria de desarrollar un núcleo histórico, comparable a las novelas históricas actuales, o los que intentan explicar el Libro de Jonás alegóricamente, en el sentido de que en la persona del profeta estarían simbolizadas la misión y el destino de Israel entre los pueblos.

Por otro lado, defienden una interpretación mitológica todos los que creen que existe alguna relación entre el Libro de Jonás y las leyendas de Hércules, Semíramis, Gilgamesh, Jasón, Perseo, Orión y hasta Oannes. Incluso hay quien encuentra conexiones entre el Libro de Jonás y las leyendas de la India, pues en el Diccionario de los Símbolos, de J. Chevalier y A. Gheerbrant, se nos explica que, en la India, el avatar vishnuita del pez (Matsia) guía al arca sobre las aguas del diluvio; sólo que en el mito de Jonás, la ballena sería el arca misma.

«Matsya Avatar» (ca 1870), pintura de Uttar Pradesh (India), actualmente en el museo V&A de Londres.

«Matsya Avatar» (ca 1870), pintura de Uttar Pradesh (India), actualmente en el museo V&A de Londres.

Para el esoterista René Guénon, sin embargo, la entrada de Jonás en la ballena simboliza la entrada en el periodo de oscuridad intermedio entre «dos estados o dos modalidades de existencia». Para Guénon, Jonás en el vientre de la ballena es el germen de inmortalidad en el huevo, en la matriz cósmica, y la salida de Jonás, la resurrección, el nuevo nacimiento, la restauración de un estado o de un ciclo de manifestación.

Por último, cabe la posibilidad, apuntada ya por otros autores, de que el pez fuese en realidad un submarino al servicio de Yahvé, poniendo de nuevo en entredicho su supuesta divinidad, algo inaceptable, por otra parte, para un ser que —como evidencian una y otra vez las sagradas escrituras— muestra pasiones y odios demasiado mundanos. De hecho, baste recordar que la «ballena» estaba preparada en el momento de caer Jonás al agua y obedeció en todo momento las instrucciones de Yahvé manteniendo vivo —y se supone que alimentado y en buen estado— al profeta. Eso sí, nadie ha explicado jamás qué vivió Jonás durante las 72 horas a bordo de aquel presunto «cetáceo», más parecido a cualquier «gloria de Yahvé» voladora —como las que raptaron a los profetas Enoch y Elías— que a animales naturales bajo control divino.

En suma, cabría otra lectura muy distinta de la Biblia si resultara que Yahvé no era sino un astronauta no terrestre.

Por Sergi Faber I Castellanos.

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