Querido hijo: estamos en huelga

Acaban de terminar las clases y Felipe, de 10 años, reprobó dos materias. Si bien sabe que debe estudiar para recuperarlas, decide estudiar luego de tomarse “unos días de descanso”. Lo que no sabe es que su día normal de juegos en la consola, fútbol en el parque y pasar el día con su amigo Ángel dejará de ser algo habitual. Sus padres se han declarado en huelga.

Aquí te dejamos un fragmento de este fantástico libro:

—Papá… —metió baza Felipe antes de que empezara otra partida.
—¿Qué?¿No ves que estoy jugando? —¿De qué le sonaba eso a él?
Lo mismo que decía cuando sus padres le interrumpían. Se dio cuenta de lo desagradable que era.
—Papá, oye, que esto ya… Bueno, quiero decir que… Es que verás… —no había forma de que encontrara las palabras adecuadas y, mientras, su padre le miraba con cara de fastidio y aburrimiento —. Yo… —finalmente se vino abajo.
—. Papá, ¿qué pasa?
—¿No has visto los carteles?
—Sí.
—¿No te lo ha contado tu madre?
—Sí.
—Pues ya está, es eso: que estamos en huelga.
—¿Tú también?
—Sí, sí, claro.
—No podéis hacer huelga.
—¿Ah, no? —le observó perplejo.
—¿En huelga de qué, a ver?
—Pues de padres —asintió el hombre con toda naturalidad—. Estamos en huelga de padres.
Felipe sabía lo que era una huelga. Pero de padres… Era la primera vez que oía algo semejante.
—Eso es absurdo —dijo.
—¿Por qué?
—Porque siempre seréis padres.
—Ya, pero podemos dejarlo en suspenso por unos días, o unas semanas, o unos meses. Tomarnos un respiro. Y eso es lo que hemos decidido hacer —se llenó los pulmones de aire—. ¿Sabes algo? Es fantástico. No sé cómo no lo hemos pensado antes. —El chico buscó argumentos y el único que se le ocurrió fue:
—¿Es un juego?
—No.
—No entiendo nada.
—Pues es muy sencillo —su padre dejó el mando de la consola y se puso serio—. Somos tus padres, no tus esclavos, así que desde hoy… Esto es una democracia: el poder del pueblo para el pueblo. Todos somos iguales. ¿Quieres comer? Te lo haces tú. La nevera estará llena, descuida, eso queda claro porque no tienes dinero para comprar nada. ¿Quieres ropa limpia? Te la lavas. ¿Quieres salir? Sales, pero eso sí, asumiendo tu responsabilidad. Nosotros ya no vamos a discutir más.
—Pero… no es justo.
—¿Por qué no es justo, a ver?
—Soy un niño.
—Ah, ¿y eso te da licencia para todo? Suspender, no estudiar, quejarte, poner mala cara, enfadarte, no hacer caso, pasar olímpicamente, ensuciar, no recoger nada de tu cuarto o de la mesa, quedarte ciego con la consola, tomarnos el pelo como si fuéramos tontos… ¿Sigo?
—No, no —lo dicho y más se lo sabía de memoria—. Pero no es justo —repitió.
—Vaya con qué me sales.
—Quiero decir que yo no hago todo eso adrede, es que… Su padre cruzó los brazos.
—¿Te has duchado? —preguntó.
—No.
—¿Te has lavado los dientes?
—No.
—¿Has llamado a la abuela como quedamos, al menos una vez a la semana?
—No.
—¿Has estudiado matemáticas o lengua?
—No, pero he leído un libro.
—¡Oooh…! —pareció darle un ataque de éxtasis.
—. ¿Quieres que lo grite por la ventana? ¿Doy la exclusiva en Internet?¿Me desmayo?

—No —Felipe bajó el cabeza contrariado.
—¿Y dices que no nos tomas el pelo? Hijo: haces siempre lo que te da la real gana. Por lo tanto… — levantó las manos con las palmas hacia afuera y dijo— Nosotros también.

—Vale, ¿y si…?

—No es hora de negociaciones —volvió a coger el mando de la consola—. Anda, déjame continuar que quiero seguir batiendo mi récord, pardillo.

—¡Jo! —Felipe…

—¡Ya vale!, ¿no? —El hombre le miró por última vez. Luego se lo deletreó:

—Hache, u, e, ele, ge, a. Huelga. ¿Lo pillas? Pues vale. Chao. —Volvió a poner en marcha la consola e inició una nueva partida.

Y tú, ¿te declararás en huelga?

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