Muerte vivida

Tanto hice por des-apegarme,
por des-aprender…
que un día me sentí “extranjera”.
Vamos, que ya era “de fuera”.
No era una vida que iba hacia su fin,
hacia la muerte,
que temía envejecer
y trataba de frenar el paso del tiempo…
Era una muerte vivida
que se escapaba todos los días…
De la muerte para venir a la vida.
Y como un regalo… la vivía.
Sé que esta vida no es mía…
Ni la que vivo ni la de la gente que me inspira.
Sé que “ella” siempre está de paso…
En un momento dado aparece.
Y luego, sin explicaciones, se va, desaparece.
Por eso la muerte vivida,
me hace morir a la vida
y revivir cada mañana.
Con la conciencia clara
de que no es mía la vida
Lo sé, me la han prestado.
-Hoy me toca vivir, ¡no lo he soñado!-,
pienso cada vez que me levanto.
No es un sueño, es “mi” vida:
la vida que me ha tocado.
¿Qué he de hacer?
¿Cómo vivirla?
Sin juicios ni prejuicios.
Sin esperas ni esperanzas.
Sin ninguna atadura.
A ras de tierra,
pisando el suelo: ¡descalza!
Tengo veinticuatro horas.
Alguien, no sé porqué,
me las ha prestado.
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Autora: María Ferrer (mariafconciencia2@gmail.com)
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