El peligroso virus del comunismo y el crimen que los Aliados debían castigar

no hubo historia acerca de los bolcheviques que fuese demasiado forzada, grotesca o pervertida como para no publicarla y darle amplio crédito: desde la nacionalización de las mujeres hasta los bebés que eran devorados
(…) La oportunidad de construir un mundo nuevo sobre las ruinas de la guerra, de establecer cimientos para la paz, la prosperidad y la justicia, se desplomó bajo el peso infame del anticomunismo. 
Ese peso llevaba acumulándose algún tiempo; en verdad, desde el primer día de la revolución bolchevique. Hacia el verano de 1918, unos trece mil soldados estadounidenses se encontraban en el recién nacido Estado, la futura Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. 
Después de dos años y miles de bajas, las tropas norteamericanas se retiraron sin haber podido cumplir su misión de “estrangular en su mismo nacimiento” el Estado bolchevique, tal como lo expresó Winston Churchill (Winston Churchill: The Second World War. Vol. IV The Hinge of Fate, Londres, 1951, p. 428). 
El joven Churchill era el ministro británico de Guerra y Aire en aquel momento. Fue él quien dirigió la invasión de la Unión Soviética por parte de los Aliados (Gran Bretaña, Estados Unidos, Francia, Japón y varias otras naciones), en apoyo al “Ejército Blanco” contrarrevolucionario. Años después, en papel de historiador, Churchill dejaría anotado su punto de vista para la posteridad sobre este episodio singular:
“¿Estaban [los aliados] en guerra con la Rusia soviética‘? Con certeza no, pero les disparaban a los soviéticos apenas los veían, Permanecieron como invasores en territorio ruso. 
Dieron armas a los enemigos del Gobierno soviético. Bloquearon sus puertos y hundieron sus buques de guerra. Deseaban sinceramente la caída_de este gobierno y elaboraron planes para lograrlo. Pero ¿guerra? ¡Perturbante! ¿Interferencia? ¡Vergonzoso! Les era por completo indiferente, repetían, la forma en que los rusos resolviesen sus propios asuntos internos.
 Ellos eran imparciales. ¡Bang!” (Winston Churchill: The World Crisis: The Aftermath. Londres, 1929, p. 235).
¿Qué ocurrió con esta revolución bolchevique que alarmó tanto a las mayores potencias del mundo? ¿Qué las llevó a invadir una tierra cuyos soldados habían combatido junto a ellas por más de tres años y había sufrido más bajas que ningún otro país en parte alguna durante la Primera Guerra Mundial?
Los bolcheviques tuvieron la audacia de hacer la paz por separado con Alemania, a fin de terminar con una guerra que consideraban imperialista y que de ningún modo estaba en sus propósitos, y para tratar de reconstruir una Rusia agotada y devastada.
 Pero los bolcheviques habían demostrado su mayor audacia al derrocar a un sistema capitalista feudal y proclamar el primer estado socialista en la historia mundial.
 Esto constituía una increíble arrogancia. Este era el crimen que los Aliados debían castigar, un virus que tenía que ser erradicado antes de que se extendiera a sus propios pueblos. (…) 
(…) La historia no nos dice cómo sería una Unión Soviética a la que se le hubiese permitido desarrollarse en una forma “normal”, de acuerdo con su elección. 
Conocemos, sin embargo, la naturaleza de la Unión Soviética que fue atacada en su mismo surgimiento, que se levantó por sí sola en medio de un mundo extremadamente hostil y que, cuando lograba llegar a la adultez, fue arrasada por la máquina de guerra nazi con la bendición de las potencias occidentales.
 Las inseguridades resultantes y los temores creados por esto han conducido de forma inevitable a deformidades de carácter similares a las que presentaría un individuo sometido a amenazas letales semejantes.
En Occidente jamás se nos permite olvidar los descalabros políticos (reales e inventados) de la Unión Soviética, en cambio, nunca se nos recuerda la historia que subyace tras ellos. 
La campaña de propaganda anticomunista comenzó incluso antes que las intervenciones militares. 
Antes de que finalizara el año 1918, expresiones tales como “Peligro Rojo”, “el ataque bolchevique a la civilización” y “la amenaza de los rojos para el mundo” se volvieron lugares comunes en las páginas del New York Times. (…) 
(…) El historiador Frederick Lewis Schuman ha planteado: 
“El resultado directo de estas audiencias […] fue dar una imagen de la Rusia soviética como una especie de manicomio habitado por esclavos miserables sometidos por entero a la voluntad de maniáticos homicidas cuyo propósito era destruir todo rastro de civilización y regresar la nación a la barbarie” (Frederick L. Schumann: American Policy Toward Russia Since 1917. New York, 1928, p. 1285).
Puede afirmarse de manera literal que no hubo historia acerca de los bolcheviques que fuese demasiado forzada, grotesca o pervertida como para no publicarla y darle amplio crédito: desde la nacionalización de las mujeres hasta los bebés que eran devorados (tal como los antiguos paganos creían que los cristianos devoraban a sus niños, algo de lo que también se acusó a los judíos en la Edad Media). 
Los cuentos acerca de las mujeres, con todas sus espeluznantes connotaciones -de que se consideraban propiedad estatal, se les obligaba a contraer matrimonio, a practicar el “amor libre”, etc.—, “fueron radiodifundidos a todo el país a través de miles de emisoras”, escribió Schuman, “y tal vez fue lo más efectivo para grabar la imagen de los rusos comunistas como criminales pervertidos en la mente de los ciudadanos norteamericanos”. Esta historia continuó siendo divulgada incluso después de que el Departamento de Estado se viese forzado a anunciar su falta de veracidad (que los soviéticos se comían a sus criaturas era algo que todavía se enseñaba en la John Birch Society a su vasta audiencia en 1978).
Los lectores del New York Times debían creer que todas esas invasiones partirían de un país que estaba destrozado como lo han estado pocas naciones en la historia; una nación que todavía trataba de recuperarse de una terrible guerra mundial, en pleno caos por una revolución social fundamental que acababa de despegar; envuelta en una brutal guerra civil contra fuerzas respaldadas por las mayores potencias del mundo; con la industria, que para empezar nunca fue desarrollada, en ruinas; en fin, un país asolado por una hambruna que antes de ser eliminada dejaría millones de muertos. (…) 
(…) Desde el Terror Rojo de los años 1920 al maccarthismo de 1950 y la cruzada de Reagan contra el Imperio del Mal en 1980, el pueblo norteamericano se ha visto sometido a un adoctrinamiento anticomunista incesante.
 Se le da a beber en la leche materna, se le dibuja en las historietas, se deletrea en sus libros escolares; sus periódicos le ofrecen titulares que le indican lo que debe saber; los predicadores lo utilizan en sus sermones, los políticos hacen de esto su plataforma política y el Reader‘s Digest se enriqueció gracias a esto. (…) 
(…) Terminada la Guerra Fría, el tiempo del nuevo orden mundial parece prometedor para el complejo militar-industrial y de espionaje y para sus socios globales en el crimen: el FMI y el Banco Mundial. 
Han conseguido su Tratado de Libre Comercio de la América del Norte y su Organización del Comercio Mundial. Sus dictados rigen el desarrollo económico, político y social en todo el Tercer Mundo y Europa del Este. Las reacciones de Moscú no tienen ya peso suficiente para limitar nada.
 El Código de Conducta de las corporaciones transnacionales elaborado por Naciones Unidas en un proceso de quince años está definitivamente muerto. 
Todo lo que se muestra a la vista ha sido privatizado y liberalizado. El capital controla el globo con una libertad rampante de la que no disfrutó nunca desde la Primera Guerra Mundial; opera sin fricciones, sin gravedad alguna. El mundo se ha puesto a disposición de las corporaciones transnacionales. (…) 
(…) Los chicos del capital brindan también con sus martinis por la muerte del socialismo. La palabra ha sido eliminada de la conversación de sociedad. Y esperan que nadie advertirá que todo experimento socialista de significación en el siglo XX —sin excepción— ha sido aplastado, derrocado, invadido, corrompido, pervertido, subvertido o desestabilizado —en resumen, se le ha imposibilitado la existencia— por Estados Unidos. Ni a un solo gobierno o movimiento socialista —desde la Revolución rusa hasta los sandinistas en Nicaragua, de la China comunista al FMLN en El Salvador— se le ha permitido desarrollarse o caer por sus propios méritos; ninguno disfrutó de la seguridad suficiente como para despreocuparse de su todopoderoso enemigo extranjero y suavizar el control interno.
Es como si los primeros experimentos de los hermanos Wright con máquinas volantes hubiesen fracasado porque las empresas automovilísticas sabotearan cada prueba, y esto hiciera que las gentes buenas y temerosas de Dios en todo el mundo reflexionaran sobre el asunto, valoraran las consecuencias, asintieran colectivamente con aire sabio y declararan con toda solemnidad:
 El Hombre nunca deberá volar.
William Blum
Introducción del libro Asesinando la esperanza, págs. 5 a 23. Para leer la Introducción completa, pulsa aquí.

Ir a la fuente

Deja un comentario