El cardenal que elogia a Trump y lidera la conspiración contra el Papa

Juntos. El papa Francisco da la bienvenida al cardenal Raymond Burke, en el Vaticano, el 8 de enero de 2015. /EFE

La conspiración más grave que está sufriendo el Papa Francisco en sus más de tres años de pontificado, la lidera el cardenal norteamericano Raymond Burke, el archienemigo del pontífice argentino en la Curia Romana y abierto partidario de Donald Trump. La conjura ha producido un resultado del que se hablará largo y tendido. Jorge Bergoglio, que convocó el Consistorio de purpurados que culmina este sábado con la creación de 17 nuevos cardenales -trece de los cuales, menores de 80 años, son electores en el Cónclave- debió suspender los dos días previos de encuentros con los miembros del Colegio Cardenalicio que están llegando a Roma para el acontecimiento. El riesgo de un escándalo guió la decisión.

Lo ocurrido -y lo que está por suceder- señala que se agrava la rebelión contra Francisco por parte de los sectores más conservadores de la Iglesia y que habrá nuevos episodios de agresión directa al pontífice que tendrán serios contragolpes.

El objetivo de los conjurados es crear un clima de inestabilidad permanente en torno al Papa, aislarlo, hacer aumentar dentro y fuera de la Iglesia la sensación de que Bergoglio vive en el error y la herejía. Amenazan con hacerle una “corrección por error grave” que haría explotar las divisiones internas. A los ultraconservadores les urge detener la acción reformista de Bergoglio, su apertura ecuménica, los cambios que está haciendo en las estructuras internas nombrando obispos y cardenales pastores “con olor a oveja” y su discurso fuerte de una “Iglesia pobre para los pobres”.

Marco Tossatti, uno de los mejores vaticanistas, fue el único que escribió (en su blog) que el de este sábado “es un extraño Consistorio” porque al contrario de las otras dos ocasiones precedentes, cuando el Papa creó cardenales en 2014 y 2015, el pontífice no reunirá a los purpurados en los dos días previos a la ceremonia en San Pedro con los 17 nuevos cardenales.

“Es una ocasión especial para el pontífice de reunir al Colegio para recibir información, cambiar ideas y percepciones, mandar mensajes”, escribe Tosatti. Así ocurrió el 20 y 21 de febrero de2014, antes de la ceremonia, y también el 12 y 13 de febrero del año pasado, previo al acto de consigna del capelo y el anillo cardenalicio a los nuevos miembros de la asamblea de cardenales en la basílica de San Pedro.

La ceremonia de ahora coincide con la clausura del Año Santo de la Misericordia, que tendrá lugar el domingo, en una misa concelebrada con los purpurados en la que será además cerrada la Puerta Santa de San Pedro.

No hubo un anuncio oficial de la decisión de Bergoglio de suspender el encuentro. Es inevitable que el episodio sea vinculado a la carta de cuatro cardenales tradicionalistas, enviada el 19 de setiembre, pero que se hizo pública justo ahora. El cardenal Burke, degradado a vicario de la Orden de Malta por Bergoglio hace dos años, es uno de los firmantes; los otros tres son dos alemanes y un italiano retirados.

La conspiración tenía como escenario de una espectacular rotura el encuentro en el Consistorio del Papa con los cardenales. Alguno o varios cardenales podían pedir la palabra para reclamarle al pontífice que respondiera a las cinco preguntas con estilo inquisitorial en la que los cuatro purpurados rebeldes le exigían responder con un “sí” o un “no” a las dudas que le planteaban Burke, los alemanes Walter Brandmuller y Joachim Meisner, y el italiano Carlo Cafarra.

Las preguntas ponen al Papa Francisco en el banquillo de los acusados, en torno al recurrente conflicto de los católicos divorciados vueltos a casar, tema que sacó chispas incendiarias en los Sínodos de la Familia de octubre 2014 y octubre 2015.

Apoyado por una decisión del segundo Sínodo, Bergoglio publicó este año la exhortación apostólica “Amoris laetitia”, que dando vueltas y vueltas, pone en una nota al margen y no en el cuerpo principal, que en algunas circunstancias los obispos pueden dar el perdón y el permiso a ser liberados de la prohibición que los condena a los fieles que contrajeron matrimonio en segundas nupcias por el civil tras haberse divorciado de su primer casamiento.

Las cinco preguntas plantean al Papa situaciones sobre la “violación” del principio de indisolubilidad del matrimonio, que existe por voluntad divina y por tanto no puede cambiar ni un pontífice.

Todas las “dudas” se inspiran en la Tradición. En las redes de Internet, se pueden leer muchos trabajos que recuerdan remotas polémicas, en las que doctos teólogos afirman que entre el Papa y la Tradición, prevalece la Tradición. Aparecen otros documentos que hasta lanzan la hipótesis de la destitución de un Papa por herejía. Como es inevitable que sería un Concilio, máxima institución colectiva de la Iglesia, el que debería tomar esta extrema medida, lo cual es imposible en la realidad, el real color de la conjura ultraconservadora es el cisma, la rotura, la institucionalización de la rebeldía.

El cardenal Burke hizo encendidos elogios de Donald Trump tras las elecciones norteamericanas, destacó que la defensa de los inmigrantes está condicionada y lanzó la gran amenaza: “Si el Papa no responde a nuestras preguntas, haremos un acto formal de corrección de un error grave” por parte del Pontífice.

El anuncio fue considerado “una locura” por el historiador y teólogo español Juan Mari: “No existe en el derecho canónico ni en la legislación de la Iglesia el juzgar al Papa”.

Burke responde que corregir con un acto formal los “errores graves” del Papa existe en la Tradición de la Iglesia. Esta provocación sería explosiva porque casi obliga al Papa a destituir como cardenales a los que se atrevan a dar semejante paso. En 1927, el Papa Pío XI lo hizo con el cardenal Louis Billot, que se opuso a la prohibición del grupo monárquico de la Action Francaise de Charles Maurras.

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