? TAUROMAQUIA, PATRIMONIO CULTURAL E HISTÓRICO DEL PUEBLO ESPAÑOL


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LA TAUROMAQUIA ha sido declarada como Patrimonio Cultural e Histórico del pueblo español. Esta declaración pone entonces los focos de la controversia en determinar si la tauromaquia puede ser cultura o no. Quienes niegan que el toreo pueda tener esta categoría, se empeñan en ver a la cultura como un refinamiento de formas, incluso como una manifestación de civilidad, definición plausiblemente correcta pero que al mismo tiempo niega la naturaleza profunda de la Cultura. En primera medida, lo que hay que aclarar es la semántica: el toreo no es cultura, es una cultura, matiz que pone en una órbita precisa el debate.


Una determinación fundamental de la definición cultural es entenderla más allá del entramado simbólico y ritual. La Cultura entonces se entiende como un sistema que compromete la forma de ser de un pueblo o un grupo humano: sus costumbres, rituales, lengua, tradiciones, artes vivas, su conocimiento sobre la naturaleza y su forma de transmitir estos saberes ancestrales de una generación a otra. 

Tal definición encuadra en todos los protocolos de la UNESCO sobre Cultura, esto es, una expresión inmaterial única y original que define la manera de ser de un grupo humano. La tauromaquia, cuando fue declarada como Patrimonio Cultural Inmaterial del pueblo de Francia, demostró que podía satisfacer de manera cabal los 5 protocolos de la UNESCO sobre la determinación de una Cultura. Los taurinos somos una gran realidad cultural, aunque seamos una minoría -que no lo creo- y que tiene sus propios rituales (el toreo), artes vivas (confección de traje de luces, de instrumentos para torear), metalenguaje (la caló taurina), modos de vestir (la inconfundible vestimenta de un taurino), gastronomía (viandas y bebidas únicas derivadas de las corridas y consumidas en ellas), saberes ancestrales de la naturaleza (la cría artesanal del toro bravo) y un programa social de transmisión endógena de todo este acervo cultural (escuelas taurinas, tradición taurina familiar, biliotecología taurina). Lo anterior logra unificarse en una visión del mundo, una forma de ser a la que corresponden sus expresiones, estéticas y éticas particulares; asimismo logra conformar un grupo y una identidad que por su fuerza perdura a través de los siglos. 

En el caso del toreo, la cultura ha perdurado a través de milenios (a la luz de nuevas evidencias historiográficas sobre el culto al toro y su enfrentamiento con el hombre); su manera de perdurar a través de épocas, reyes, papados, dictaduras y déspotas, desempeña una demostración más del carácter cultural e identitario de los pueblos a través del toreo. En este punto, nadie puede tener problemas para aceptar que el toreo es un sistema cultural minoritario, recluido por una cultura hegemónica y anglosajona hacia la exclusión en nombre de una ética animalista mal entendida y peor practicada, que obvia a la ligera las implicaciones culturales, sociales, económicas, políticas y ante todo culturales de la tauromaquia. En tal sentido, la cultura taurina y el culto al toro merecen protección oficial de acuerdo al Convenio de París de la UNESCO.
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Aproximación a la Tauromaquia 
como disciplina de la Cultura 

Si nos atenemos a la ley de la tauromaquia como patrimonio cultural e histórico del pueblo español, la Tauromaquia puede entenderse como el conjunto de conocimientos y actividades artísticas, creativas y productivas, incluyendo la crianza y selección del toro de lidia, que confluyen en la corrida de toros moderna y el arte de lidiar, expresión relevante de la cultura tradicional del pueblo español. Por extensión se entiende comprendida en el concepto de Tauromaquia toda manifestación artística y cultural vinculada a la misma. Si se trata de profundizar en los conceptos que una definición como ésta encierra, observamos que en la Tauromaquia se dan todos los elementos constitutivos de ese concepto amplio que es el de Cultura, pero que además definen unas señas de identidad propia y privativa, que la diferencia de otras manifestaciones de las distintas ramas de la Cultura. 
Así como en otros campos se pueden localizar numerosos estudios, en el caso de la Tauromaquia ha sido más raras veces abordada en su condición y en su valor cultural. En el fondo, se trata de un discurso que aún está por escribir en su globalidad, aunque en aspectos específicos sí se cuenta con trabajos valiosos. En demasiadas ocasiones los autores se han ceñido a relacionar una serie de manifestaciones creativos que no son Tauromaquia, sino que toman pie de ella, de su fuerza plástica y argumental, para desarrollar otras ramas de la Cultura. De hecho pocas materias han dado paso a tal número de manifestaciones literarias, pictóricas, esculturales o musicales. Sin embargo, la simple notoriedad y la personalidad de estos agentes culturales que pusieron su mirada en la Tauromaquia no la dota de su específica condición de disciplina cultural. Nos da razón del impacto que la misma tiene en las Artes y en Las letras, por ejemplo; pero no constituye un elemento demostrativo de su propia valor como parte de la Cultura. Sin embargo, resulta de toda evidencia para quien se enfrente al tema con honestidad intelectual, esto es: 

sin juicios preestablecidos de antemano, que en la Tauromaquia se dan todos los elementos necesarios para considerarla integrante de la Cultura, no sólo como un hecho específico de España, sino con carácter más universal. No se está afirmando que por formar parte integrante de la Cultura necesariamente alcance el mismo grado de aceptación en el sentir de todas las sociedades, ni entre todos los ciudadanos, ni en todos los tiempos. Eso ocurre no sólo con la Tauromaquia, sino con otras muchas expresiones y manifestaciones culturales. Lo que se afirma es que, guste mucho, poco o nada, la Tauromaquia se integra en el concepto general de Cultura. 

Qué entendemos por Cultura 

Si nos atenemos a lo que enseña la Real Academia cabe considerar tres acepciones específicas: –Conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico. –Conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc. –Conjunto de las manifestaciones en que se expresa la vida tradicional de un pueblo. Pero la RAE sigue estudiando una significación más específica, en el sentido de aplicar este concepto en referencia a las costumbres y características de un determinado grupo social. El académico Castilla del Pino lo explicaba por vía del ejemplo de forma clara: 

“Cuando se habla de la cultura andaluza no se refiere al conocimiento que tienen los andaluces sobre los libros, sino si el flamenco o el vino forman parte de sus costumbres, es en un sentido de antropología cultural”.

Tampoco es momento y lugar de extendernos en esta cuestión. Con los elementos ya expuestos puede ser suficiente para comprobar que la Tauromaquia participa de forma propia de estas concepciones. En efecto, constituye un “conjunto de conocimientos”, pero también supone “un conjunto de modos de vida y costumbres, conocimiento y grado de desarrollo artístico [….] en una época, [y/o] grupo social”. Y desde luego se ajusta plenamente a ese “conjunto de las manifestaciones en que se expresa la vida tradicional de un pueblo”.


Siguiendo estudios de diferentes lingüistas, cabe explicarla también con bastantes similitudes a los términos utilizado por la RAE. Y así, algunos la definen como “los conjuntos de saberes, creencias y pautas de conducta de un grupo social, incluyendo los medios materiales (tecnologías) que usan sus miembros para comunicarse entre sí y resolver sus necesidades de todo tipo”. E incluso como “la excelencia en el gusto por las bellas artes”. Pero participa también de las conocidas tesis de la Ilustración según la cual la Cultura viene a ser la manifestación de una determinada y/o modo de civilización. Numerosos documentos podrían citarse a la hora de sostener esta condición propia de la Cultura. Citemos al menos la definición avalada por la UNESCO: 

“en su sentido más amplio, la cultura puede considerarse actualmente como el conjunto de los rasgos distintivos, espirituales y materiales, intelectuales y afectivos que caracterizan a una sociedad o grupo social. Ella engloba, además de las artes y las letras, los modos de vida, los derechos fundamentales al ser humano, los sistemas de valores, las tradiciones y las creencias”. Unos conceptos que en la Conferencia Mundial de Políticas Culturales, celebrada en México en 1982, se plasmaban en los siguientes términos: 

“Cada cultura representa un conjunto de valores único e irreemplazable, ya que las tradiciones y formas de expresión de cada pueblo constituyen su manera más lograda de estar presente en el mundo”. Y en otro epígrafe de la misma resolución disponía: “Hay que reconocer la igualdad y dignidad de todas las culturas, así como el derecho de cada pueblo y de cada comunidad cultural a afirmar y preservar su identidad cultural, y a exigir su respeto”. Sin necesidad de retorcer en lo más mínimos ninguna de estas distintas acepciones y definiciones, sino aplicándolas en su propia literalidad, de todas ellas participa la Tauromaquia. De hecho, si acudimos ya sea a los Tratados de Tauromaquia surgidos con los movimientos de la Ilustración, a los escritores románticos –tan ricos como son en referencias taurinas– o a la propia literatura taurina de finales del siglo XIX.
El concepto de Tauromaquia 

Si tratamos de realizar el mismo ejercicio con el término “Tauromaquia”, el Diccionario de la Real Academia, en su primera acepción la define como el “Arte de lidiar toros”. y cuando se refiere al concepto “Toreo” de nuevo incide en afirmar que es el “Arte de torear”. Esta insistencia en utilizar el término “Arte” no puede entenderse precisamente marginal, si observamos las tres primeras acepciones que la RAE da a este concepto y que pueden ser de interés en nuestro caso: 

1.Virtud, disposición y habilidad para hacer algo. 2.Manifestación de la actividad humana mediante la cual se expresa una visión personal y desinteresada que interpreta lo real o imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros. 
3.Conjunto de preceptos y reglas necesarios para hacer bien algo. Pero también se refiere al “Arte” como “pura manifestación de la belleza por sí misma”. Y en otra acepción se define como “cada una de las [artes] que tienen por objeto expresar la belleza”. Y al abordar cómo debe entenderse por “arte popular”, la Docta Casa establece que es: 

“El cultivado por artistas, con frecuencia anónimos, y fundado en la tradición”. Si acudimos a una definición en el orden normativo, el proyecto de ley que ahora se debate sobre la Tauromaquia propone definirla como “el conjunto de conocimientos y actividades artísticas, creativas y productivas, incluyendo la crianza y selección del toro de lidia, que confluyen en la corrida de toros moderna y el arte de lidiar, expresión relevante de la cultura tradicional del pueblo español. Por extensión se entiende comprendida en el concepto de Tauromaquia toda manifestación artística y cultural vinculada a la misma”. Por lo demás, en el caso específico de España, no deja de llamar la atención en la variada atención que los estudiosos han ido dando a esta cuestión no se haga referencia alguna a la Tauromaquia como “Fiesta Nacional”. De hecho, cuando se consulta tal concepto de “fiesta nacional”, la define con una referencia básicamente administrativa: 

“fiesta oficial”. Sin embargo, nada de extraño hay en ello, porque aunque en ocasiones se haya utilizado, incluso profusamente, para remarcar la españolidad de la Tauromaquia, ese concepto de “fiesta nacional” aplicado a los toros tiene un significado muy diferente. Como entre otros ha demostrado el historiador y estudioso José Aledón, el calificativo de “nacional” nace al término de las guerras carlistas y se utiliza para significar dos elementos que nada tienen que ver con lo podríamos denominar el “ser de España”. En concreto, se hace en el siguiente contexto:
En su sentido originario, que se oficializa documentalmente en 1846, expresa que la Tauromaquia había dejado de ser un “privilegio real”, para pasar a ser “propiedad de la nación”, esto es: propiedad del pueblo. En el fondo, lo que se trataba con esta distinción era seguir el rumbo marcado con la instauración del liberalismo en España, a partir de 1837, cuando se democratizan la denominación de numerosas instituciones: la Biblioteca Real para a ser la Biblioteca Nacional; el Real Museo de Pintura y Escultura se denomina en adelante el Museo Nacional de Pintura y Escultura y la Milicia Real pasa a ser Milicia Nacional, por citar tres ejemplos Con posterioridad, a partir probablemente de los escritos de Jovellanos, se utiliza en un sentido más bien geográfico: “diversión nacional”, para significar que era la diversión más común en toda la nación. Así lo explica con precisión el Conde de las Navas en su célebre libro “El espectáculo más nacional”. 

Andrés Amorós: el valor cultural de la Tauromaquia 

Llegados a este punto, resulta bastante clarificador recordar la importante comparecencia en la Comisión de Cultura del Congreso, el pasado día 11 julio, del catedrático de Literatura Española en la facultad de Filología de la Universidad Complutense de Madrid, Andrés Amorós Se preguntaba: ¿Es cultura la tauromaquia? Y se contestaba con palabra de alguien que no es precisamente aficionado: “Si entendemos la cultura como el conjunto de las manifestaciones en que se expresa la vida tradicional de un pueblo, podemos decir que sí, que la tauromaquia ha formado parte de la cultura de algunos pueblos del mundo y sin duda de la cultura de España”. La cita textual corresponde a don José Enrique Zaldívar, experto veterinario y hoy reconocido militante antitaurino, como quedó de manifiesto en su propia comparecencia ante dicha Comisión. Pues bien, a la hora de explicar esta realidad, a través de dos escuetas razones Amorós traza acertadamente el camino que lleva a poner de manifiesto del valor cultural de la Tauromaquia. Vale la pena recordarlas: 
Primero. La Tauromaquia forma parte de la cultura popular española. 
Segundo. La Tauromaquia es un elemento esencial de las fiestas en los pueblos de España. 
Tercero. La Tauromaquia va unida a la historia de los españoles. 
Cuarto. La Tauromaquia es de todos, es del pueblo español, que somos todos, sin distinción posible entre ideologías y posición social o económica.
Quinto. La Tauromaquia impregna el lenguaje cotidiano, pero no solo como jerga especializada: se usa fuera del ámbito habitual y de modo metafórico en muchísimos ámbitos. 
Sexto. La Tauromaquia es un arte porque busca la belleza, procura la emoción y busca la complicidad con un espectador. 
Séptimo. La Tauromaquia ha inspirado a artistas. Que una cosa sea tema de obras artísticas no la justifica; pero es un dato que hay que tener en cuenta. 
Octavo. La Tauromaquia es universal como arte. 
Noveno. La Tauromaquia es una seña de identidad de la cultura española en el mundo. 
Diez. El toro bravo es símbolo de España y así se identifica en todo el mundo. 
Once. El torero es un héroe popular, encarna unos valores. 
Doce. La Tauromaquia supone una ética. Más adelante, el profesor Amorós recogía una cita de un ilustre intelectual, el profesor Tierno Galván, quien textualmente dijo: 
“Ser indiferente ante un acontecimiento de tal índole como la Tauromaquia supone la total extrañeza respecto del subsuelo psicológico común de los españoles”. Y tras diversas consideraciones respecto al ordenamiento jurídico, tanto español como europeo, el profesor Amorós acudía al artículo 46 de la vigente Ley de patrimonio histórico español del año 1985, que dice: “Forman parte del patrimonio histórico español los bienes muebles, inmuebles y los conocimientos y actividades que son o han sido expresión relevante de la cultura tradicional del pueblo español en sus aspectos materiales, sociales o espirituales”. 

Para concluir: “Exactamente, la Tauromaquia”. Como fácilmente puede advertirse, el conjunto referencial que define el profesor Amorós permite establecer unas inequívocas relaciones entre el concepto de “Cultura” y el de “Tauromaquia”, en los propios términos en los que antes se definieron. 

La Tauromaquia como disciplina de la Cultura 

En el contexto anterior, no constituye un intento baldío tratar de fundamentar las razones por las que la Tauromaquia constituye una de las disciplinas con identidad propia y diferenciada de las demás ramas que se integran en la Cultura.

Desde luego, resulta innegable que bajo la acepción de “cultura popular”, mantiene un largo y continuado recorrido tanto en la historia de España como en la de los restantes países en los que se implantó. Si algo está demostrado en la Historia es el arraigo social continuado de la Tauromaquia. Por otro lado, como actividad artística y cultural nunca ha sido algo estático y propio de un contexto determinado, ni carece de capacidad creativa; por el contrario, se trata de un elemento vivo, que se desarrolla y se adapta a las distintas circunstancias sociales e históricas. Solo así se entiende que siendo originaria de España, luego adopte perfiles propios y diferenciados en otras sociedades. La historia taurina de los países iberoamericanos esta plagada de ejemplos en este sentido. Pero, a su vez, en su propia realidad creativa encontramos la explicación a cómo ha sido siempre receptiva a las cambiantes sensibilidades sociales, sin por ello perder sus características originarias. Es decir, se comportado igual que otros hechos culturales, que cambian en algunos aspectos colaterales, pero mantienen establemente su razón de ser y de existir. Y como disciplina cultural cumple, por lo demás, el requisito de aquella definición que la Real Academia daba al término “Arte” como actividad reglada por un conjunto de preceptos, que son necesarios y que, al igual que en su concepción creativa de arte, se mantienen en el mismo sentido en el que fueron definidos originariamente, por más que sufran modificaciones no sustantivas en razón de criterios sociales. 

La identidad cultural propia y diferenciada de la Tauromaquia 

A todas luces parece claro que Tauromaquia dentro de la Cultura viene definida por unas señas de identidad propias, que la diferencian de cualquier otra disciplina. Y el primero de esos elementos identitarios se localiza en su condición de actividad creativa desarrollada con la necesaria asunción de riesgos por parte de quien la crea. Es lo que en términos taurinos siempre ha concretado en ese binomio insustituible que es el de “emoción y riesgo”, o si prefiere por el de “arte y riesgo”. No se trata precisamente de un mero recurso literario de hoy en día. Es lo que vino a explicarnos el insigne historiador Américo Castro, cuando afirmaba que la Tauromaquia constituía un “símbolo del vivir como riesgo absoluto frente a un destino amenazador, solo conjurable mediante heroicas destrezas”. Salvador de Madariaga lo explicita aún más, cuando afirma que la Tauromaquia “participa de casi todas las artes. Fundamentalmente es un drama: el hombre está en constante peligro, y el toro, destinado a la muerte. Este hecho le da una especial tensión. A este aspecto dramático se unen las demás artes. 

Una corrida es una pintura de una belleza impar, en la que juegan papel decisivo el color y la luz cambiante. A la vez, es una obra maestra del arte escultórico y en ella son decisivos elementos del ballet, porque es una síntesis de color y movimiento. Y no cabe imaginar corrida de toros sin música”. En esta preciso contexto, al torero –como escribió Enrique Tierno Galván– “se le llama “artista” en el sentido de creador de belleza, y, desde luego, lo es, teniendo plena conciencia de que la figura y la dignidad plástica prestan al lance un peculiar estilo que eleva la lidia al máximum de tensión estética; belleza y galanura ante la muerte, ¿cabe tema estético de mayor vitalidad?” 

Bajo este punto de vista, resulta de toda evidencia que la Tauromaquia contiene en su misma un hecho diferenciador sustancial con respecto a las demás disciplinas culturales. Para que todo ello se cumpla, de modo necesario hay que acudir a un segundo factor identitario: la Tauromaquia exige de suyo la presencia del toro de lidia, que queda nítidamente definida por el profesor Tierno en los siguientes términos: “el toro, entidad definida por la agresividad y la fiereza, logra la plenitud de su ser en la lidia. El espectador supone, con mayor o menor exactitud, que el toro vive en el ruedo una gloriosa aventura coronada por la mayor concesión que el hombre puede hacer al animal: la lucha franca e igualada; al toro no se le caza, se le vence”. Pero el toro de lidia no puede conceptuarse tan sólo como un “cooperador necesario” para que exista la Tauromaquia. 

En su plasmación estética y creativa, sin duda lo es. Pero es mucho más. Y así, con absoluta propiedad puede hablarse de la existencia de una “cultura del toro de lidia”. Sin necesidad de acudir a fuentes de mayor autoridad –que las hay y muy solventes– baste considerar que el toro de lidia constituye una auténtica joya del patrimonio genético de las razas ganaderas, obra de ingeniería genética fruto de una labor de selección realizada por los ganaderos durante tres siglos. pero, además, esta actividad ganadera mantiene una indisoluble unidad con cuanto guarda relación con la preservación de la biodiversidad y al mantenimiento de un ecosistema único, como es la dehesa. Ninguno de esos dos elementos son fruto de la casualidad, sino de la actividad creativa, nacida de la investigación y realizada por la mano del hombre a lo largo de los siglos. Como un tercer factor identitario de esta realidad cultural que es la Tauromaquia cabe considerar que se desarrolla –cumpliendo esa nota definida por la RAE– en razón de un “conjunto de preceptos y reglas necesarios para hacer bien algo”. 

Esto es, se materializa de acuerdo con unas normas, que delimitan tanto el campo de la técnica con la que se desarrolla como su propia orientación estética. Como escribe el filósofo Francis Wolf, es “la fusión de los valores estéticos del arte con los valores éticos de la existencia”. Tanto si miramos lo que ocurre en un ruedo, como si nos referimos a cuanto en la dehesa materializa esa “cultura del toro”, viene a su vez viene marcado por una nota esencial: su irrepetibilidad. El hecho taurino, en cualquiera de sus manifestaciones, es único e irrepetible. 

Lo es por su propia naturaleza: ni en la cría ni en la lidia se dan dos toros clonados milimétricamente; ni en el toreo las suertes se repiten mecánicamente una vez tras otra. Siempre y en todo los casos deben considerarse, en toda su significación, como “actos únicos”. Un factor que además se caracteriza por ser fruto de una creación efímera, que nace y muere casi a la vez, pero sin embargo encierra unos valores constatables y perfectamente definibles. Y es así porque nace y muere dejando una profunda huella: el imponente sentido escultural de un lance bien ejecutado y el avance investigador que cada lidia supone para el desarrollo de la genética ganadera. En la conjunción de las normas regladas, tanto para el torero como para el toro, encontramos el cuarto elemento que define su identidad: la multiplicidad de formas cultuales y artísticas en las que se plasma la realidad de la Tauromaquia. Bajo es punto de vista, la Tauromaquia es mucho más que ese espectáculo que se celebra reglamentadamente en un recinto específico. Esa no es sino una de sus manifestaciones concretas. Habría que decir para una mayor propiedad que Tauromaquia es todo aquello que, cumpliendo unas determinadas normas, se desarrolla con el toro de lidia como elemento central. Junto al argumento que nos facilita la Historia y el propio arraigo social, que son argumentos de especial importancia como han probado numerosos expertos, la Tauromaquia trae de la mano de suyo una mutiplicidad de actividades creativas, que constituyen mucho más que meras herramientas auxiliares. En realidad, se trata en su sentido más propia de una verdadera cultura artesanal, cuya propia subsistencia depende directamente de la pervivencia de la Tauromaquia. 

A nadie se le escapa que se reúnen ahí un conjunto de técnicas y de valores con una profunda raigambre popular, que con el paso de tiempo pasaron a constituirse en verdaderos oficios de naturaleza artística. Podríamos decir que es el quinto elemento de que define la identidad singular de la Tauromaquia.

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