🎬 “PATERSON”: HALLAR BELLEZA EN LO ORDINARIO

“Paterson”: 
🎬 hallar belleza en lo ordinario


La belleza no tiene tamaño ni forma, ni reglas ni patria, ni fronteras. Películas como Paterson, desde su magnífica y precisa sencillez, nos lo recuerdan.

Solitaria soñadora de alas invisibles que espera envuelta en su silencio, mientras escribe estrofas de sal en un cuaderno que llamará secreto. Igual que Laura, su Laura, como la de Petrarca; todas las musas en una mujer, todas las mujeres en una sola, llama también al suyo. Se ofrece a esperar junto a ella, a que lleguen su madre y su hermana, y entonces surge la poesía. Paterson. Una niña y un conductor de autobús junto a una calle hablando de Emily Dickinson. La niña recitándole uno de sus pequeños poemas, el conductor, que también escribe poemas aunque no se lo dice, asintiendo embriagado ante esa ínfima y deliciosa muestra de belleza. Cuando la espera acaba, continúan sus pasos de nuevo impares hacia casa, y como miel rememora algunos versos que ha escuchado… El agua cae como una catarata, / cae sobre los hombros de una niña… La gente lo llama lluvia.


No se necesita llevar una vida extra-ordinaria para ver lo extraordinario, para ver y saber la maravilla. Basta con llevarla dentro, que camine acompasada, que habite en la mirada. Vivir en un continuo asombro, vivir como poeta. Así es la vida de Paterson, conductor de autobús de Paterson, Nueva Jersey. Tranquila, reservada, aparentemente anodina y sumisa. Pero profundamente viva, sentida y rebelde por dentro. Es la poesía, que jamás calla, para o se aletarga.
Jim Jarmusch (Sólo los amantes sobreviven, Flores rotas, Noche en la Tierra), director que observa su propio país desde los ojos del extranjero, y que conoció, estudió y sintió la literatura antes que el cine, hace en su última película, Paterson, una delicada oda a la poesía y la belleza que aquélla encuentra en lo cotidiano. A través de siete días en la vida del afable Paterson –a quien genialmente da rostro Adam Driver (Girls, Midnight Special, Frances Ha, Lincoln, J. Edgar)–, se nos muestra cómo la inspiración y la magia pueden surgir en cualquier momento, incluso dentro de un autobús en su cochera, recién despertado de su sueño mecánico, minutos antes de recorrer como una noria horizontal la ciudad que da nombre a su guía.

La ciudad de Lou Costello, la ciudad que ensalzó en sus expresivos y libres versos William Carlos Williams, a quien tanto admira Paterson; hombre contemplativo sin teléfono y sin despertador. Hombre que atiende a lo importante, que sabe dónde se halla, dónde espera. Un poeta para una ciudad o una ciudad para un poeta, que la recorre en autobús, viajando mil historias de mil desconocidos entre los que se cuelan, en una secuencia, Jared Gilman y Kara Hayward, actores protagonistas de Moonrise Kingdom (Wes Anderson, 2012). 

Un poeta cuyas creaciones, celosamente resguardadas en su cuaderno secreto, el espectador lee en la pantalla al mismo ritmo que salen de su pensamiento, asistiendo así «en vivo y en directo» al nacimiento de unos poemas que, hablando de una simple caja de cerillas, nos hablan de la vida misma. De los problemas de su compañero de trabajo, de los sueños de su novia y la búsqueda de su identidad, del amor y la compañía, de los paseos nocturnos con el travieso Marvin, su perro, del bar donde cada noche se reúnen la comedia, la tragedia, el descanso, el desconsuelo, la vida. Hablar de nada y hablar de todo, o hablar de nada para hablar de todo, como ya hicieron películas como Boyhood (Richard Linklater, 2014).

Eso es Paterson, y eso el cine de Jarmusch: observar desde fuera lo que sucede adentro de una ciudad, de un hombre, de la poesía. Un proceso creativo que no descansa, pues es oxígeno. No se necesita llevar una vida extra-ordinaria para ver lo extraordinario, para ver y saber la maravilla. «Lo esperado sucede inesperadamente –como escribe Juan Antonio González Iglesias, poeta salmantino–. 
A veces no hay campana, no hay trompeta, no hay canto / ni heraldo ni siquiera jilguero que declare / la entrada del milagro». 

Basta con tener curiosidad, saber mirar, detenerse ante lo sublime y también ante lo diminuto. La belleza no tiene tamaño ni forma, ni reglas ni patria, ni fronteras. Películas como Paterson, desde su magnífica y precisa sencillez, nos lo recuerdan.

Este es el mensaje secreto que oculta ‘Paterson’, el último film de Jarmusch


Hermanos gemelos que empiezan a surgir en todas partes, la visita fantasmagórica de unos quinquis, la coincidencia del nombre del pueblo y del protagonista y, sobre todo, la aparición de un misterioso poeta japonés que está leyendo Paterson, el libro del poeta William Carlos Williams… son todo pistas de un mensaje en clave

En la historia del poeta-autobusero Paterson, que se llama igual que la ciudad en que trabaja, muchos han visto un canto a la belleza de las cosas pequeñas y sencillas. Sin embargo, parece que el filme oculta un mensaje más profundo: si Paterson fuera tan solo la descripción de la vida del protagonista, de “su mundo secreto, de lo que ocurre en su cabeza y en su corazón, de lo que alimenta sus sueños”, como ha afirmado buena parte de la crítica, la película sería bastante inusual en la carrera de Jarmusch.

Además, ¿qué significado tendría en ese caso la irrealidad que puebla las calles de Paterson?
Los hermanos gemelos que empiezan a surgir en todas partes, la visita fantasmagórica de unos quinquis, la coincidencia del nombre del pueblo y del protagonista, la ambientación vintage con ecos hipster que sitúa la narración en un espacio mítico y, sobre todo, la aparición de un misterioso poeta japonés que está leyendo Paterson, el libro del poeta William Carlos Williams… son todo pistas que nos llevan al significado final.

Y es que, en el fondo, Paterson no es una película.

Paterson es un poema visual o unas instrucciones para escribir un poema. O mejor, la filmación del famoso libro de William Carlos Williams.

El poeta estadounidense no solo es la principal referencia estética del protagonista, sino que poco a poco el filme va revelando que este es su universo.
Jim Jarmusch no tiene intención de hablar de las “pequeñas cosas de América”. En todo caso, pretende hablar de ellas con la mediación de William Carlos Williams.

Williams, cuya poesía reunida se publicará en España en 2017 de la mano de Lumen, era médico por el día y escritor por la noche. Vinculado desde sus inicios a la corriente poética modernista junto a otros escritores como H.P. (Hilda Doolittle), Ezra Pound o T.S. Eliot, sintió que la publicación de La tierra baldía (1922) de este último descolocaba todos sus planes literarios.

La interpretación elitista y europeizante que Eliot dio de la poesía contemporánea en su libro, sumada a la de los Cantos de Pound (que Williams respetaba mucho, no obstante), rompieron el tablero y obligaron al autor de Spring and All a aprender de nuevo las reglas del juego.
Poco a poco, tomando como referencia la disección del día a día que James Joyce había propuesto con su Ulises y empleando también la idealización de la realidad norteamericana que proponía Walt Whitman en su poesía de aliento profundamente “demócrata”, William Carlos Williams fue encontrando su propia voz.

Treinta años después de la publicación de La tierra baldía, Williams había conseguido redactar su contestación: era un larguísimo poema épico dividido en cinco cantos que llevaba por nombre Paterson.

Donde el libro de Eliot introducía constantemente referencias a la alta literatura y estilizaba el lenguaje inglés mirando a la tradición literaria italiana y francesa, Williams decidió crear un lenguaje que pudiera representar verdaderamente al pueblo americano.
Para ello, buscó una forma métrica novedosa (el “pie variable”), estudió el habla de la calle y empleó la técnica del collage de manera opuesta a la de Eliot, introduciendo en sus poemas elementos de muy distinto origen tanto en prosa como en verso, e incluso algunos procedentes de las realidades más prosaicas: informes, dictámenes, etc.

Acuñó entonces su famosa frase: “No ideas but in things”. No hay ideas sino en las cosas. Porque para Williams la única verdad existía en los objetos, y todo lo superior a ellos era una construcción más o menos peligrosa.
En su búsqueda por la concreción, necesitaba situar su canto en un lugar específico. Y eligió el pueblo donde por los días trabajaba como médico, Paterson.
El espectador de Paterson habrá reconocido en la película de Jarmusch muchos de los motivos y estructuras procedentes del poema de William Carlos Williams.
Williams decía, parafraseando a su amigo Kenneth Burke, que la poesía es “equipamiento para vivir, una guía necesaria ante el salvajismo de la vida”, y en un momento de Paterson afirma:
Es difícil
informarse por medio de poemas,
y sin embargo, las personas mueren miserablemente cada día
por falta
de aquello que se encuentra allí.
Paterson —personaje, libro, película— vive a través de la poesía, por medio de ella. De hecho, la idea de Jarmusch de adaptar el “pie variable” a la rutina de un autobusero es una idea brillante.
El verso de William Carlos Williams es, en el filme, un día de vida. Siempre igual, siempre distinto. La palabra “verso” viene del latín y significa “lo que vuelve”, es decir, lo que genera un ritmo, y solo así puede interpretarse la estructura rutinaria de la película: como un conjunto de versos sutilmente irregulares que van y vuelven una y otra vez.

Además, imágenes como las cataratas de Paterson sobre el río Passaic con sus centrales hidroeléctricas abandonadas, que aparecen a menudo en la película, son también la imagen más poderosa y recurrente del poemario de Williams.
Igualmente, resulta interesante que el filme, a pesar de estar ambientado en la actualidad, en muchos momentos parece situarse en los años 50 en que Williams escribió su libro: la mujer del protagonista es ama de casa sin un motivo aparente, la estética de la caja de cerillas refiere claramente a aquella época, la propia forma de vestir de los personajes también, así como el bar donde Paterson acude a tomar algo cada noche —y en cuya pared, por cierto, se acumulan textos sobre celebridades nacidas en el pueblo (Allen Ginsberg, etc), como también sucedía en el poema de Williams.

Y es que precisamente William Carlos Williams, en su poema, al igual que sucede en la mayoría de sus textos, es muy consciente de la presión que está ejerciendo sobre la realidad.
Una y otra vez vuelve sobre lo que ya ha dicho para cuestionarse a sí mismo, para cuestionar su propia mistificación del material de origen. Y esto es lo que hace Jarmusch: ajustar la distancia con el texto original. Decir, eh, que yo estoy hablando de lo que hablaba William Carlos Williams. Pero sin decirlo.
La huella del poeta en la tradición posterior es innegable. Los beats fueron grandes discípulos de Williams, pero no solo ellos: también Charles Olson con su Black Mountain College y la escuela de Nueva York de John Ashbery o Frank O’Hara entendieron su poesía como uno de los hallazgos fundamentales de la literatura del siglo XX. Sin embargo, parece que su estética —que ha sido muy celebrada por los poetas estadounidenses— no acaba de traspasar las fronteras españolas.

El mensaje secreto de la espléndida película de Jim Jarmusch y la publicación de la poesía completa de William Carlos Williams en 2017 tal vez hagan por cambiar la situación.
Tal vez nos ayuden a emocionarnos al entender que Paterson sabe que es imposible hablar de Paterson, de sus objetos, de sus habitantes.
Y que sin embargo, Williams (y Paterson, y Jarmusch) no renuncian a intentarlo.
Porque eso es la poesía: fijar la realidad en una libreta a sabiendas de que acabará siendo devorada por un bulldog inglés.

Deja un comentario